Novedad radical del Evangelio

[
« Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana el 8 de diciembre de 1962. Fiesta de la Inmaculada Concepción. El cuerpo glorificado y transfigurado por el amor. Publicada en Ton Visage ma lumière. (*) Tu rostro, mi luz

Jesús tomó la vida, la glorificó

Un monje amigo mío me dijo estas palabras que me parecen admirables: “Tengo tanta devoción para comer la sopa como para celebrar la misa”. Elevar así este acto de comer y beber, que nos parece banal y ordinario, al nivel de un sacramento, está exactamente en el ritmo de la vida cristiana. A su manera, la comida también es liturgia. Es comunión entre los hombres, el símbolo de una amistad en que, aún cuando queremos festejar a los amigos, los invitamos a una comida, no porque pensamos que van a morir de hambre sino porque espontáneamente la comida es el símbolo y el signo de la comunión humana que nos prepara a la comunión divina.

Y en esta línea, justamente, se debe considerar toda la institución cristiana, toda la novedad del Evangelio: Jesús tomó la vida, la glorificó y la transfiguró, le dio una dimensión infinita, a fin de que podamos vivirla con encanto continuo y pasión infinita.

Jesús tomó elementos terrestres

Por eso al Señor hay que encontrarlo siempre en la vida. Por eso Jesús es un carpintero, un obrero y pasó la mayor parte de su vida en trabajos ordinarios propios a los hombres más humildes y encontró que no era indigno de él, a la vez para glorificar a Dios y para salvar la humanidad, simplemente meter la mano en la masa, ganar su pan como todo el mundo y dedicar la mayor parte de sus jornadas a esa labor material que le da al mundo el rostro del hombre y en cierto modo le permite al hombre encarnarse en la materia.

Del mismo modo, nuestro Señor tomó todos los elementos terrestres: el pan, el vino, el agua, el fuego, el aceite, el incienso. Tomó todos esos elementos, los glorificó, los elevó hasta el nivel de su Amor y, a través de esos signos materiales, que llamamos así porque no los vemos con los ojos de la fe y del amor, con esos elementos nos comunica su gracia, su Presencia y su vida.

Jesús tomó el amor humano

Y también del mismo modo tomó el amor humano e hizo de él un sacramento. Este elemento, tan a menudo instintivo, no lo consideró condenable, sino bien al contrario.

Quiso revelar al hombre y la mujer el esplendor del vínculo que están llamados a contraer. Quiso divinizar su intercambio y sus ternuras haciendo de ellos el signo que representa y realiza el misterio de la Iglesia, es decir el misterio de su unión con la humanidad.

Y, muy precisamente, para ir hasta el fondo de este pensamiento, es decir que el Evangelio es la glorificación de la vida, de la humanidad, de la tierra y de todo el universo, un magnífico texto de san Pablo nos dice: “¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? ” (1 Co. 6 :15). “¿No saben que su cuerpo es el Templo del Espíritu Santo que está en ustedes y les viene de Dios? Fueron comprados a gran precio. Glorifiquen pues a Dios en sus cuerpos” (1 Co. 6:19-20)

El cuerpo es también un sacramento

¡Qué admirable, y cómo conviene a la meditación del misterio de la Inmaculada Concepción que hoy estamos celebrando! Pues finalmente toda la luz de la pureza de María no es otra cosa que el fulgor de la Presencia de Dios que habita en su carne virginal. Y es también la revelación de la vida divina de nuestro cuerpo, cuando es transfigurado por la gracia y elevado también a la dignidad de sacramento.

Eso es justamente la pureza. No es una forma de terror ante el cuerpo, como si fuera algo infame y extraño. Es, al contrario, la revelación de que el cuerpo también hace parte del misterio de Dios; de que el cuerpo está llamado a la vida eterna; de que el cuerpo es también un sacramento que puede expresar a Dios y comunicarlo.

Justamente, por ser el cuerpo tan grande, tan noble, porque tiene vocación tan alta, por eso hay que abordarlo con infinito respeto. ¡Pero el respeto no es miedo! Pues, justamente, en Jesús no hay prohibición. En Jesús todo es sagrado. Es infinitamente diferente: la prohibición es aquello ante lo cual hay que retroceder ; lo sagrado es aquello ante lo cual hay que arrodillarse. Así, nuestro cuerpo se convierte en comunicación divina y podemos hacer oración sobre el cuerpo, sobre los rostros humanos que sol el más bello evangelio de Dios.

A través de un rostro humano la huella del encuentro divino

Pues finalmente, ¿qué es lo que nos invita a creer sino la irradiación de Dios a través del rostro del hombre? Todos los grandes apóstoles, todos los santos quizás, vivían una vida espiritual en lo secreto de sus pensamientos y meditaciones, pero si la vida espiritual no hubiera brillado en sus cuerpos, en sus rostros, si no hubiera llevado la huella del encuentro divino, si no hubiera difundido a su derredor la sonrisa de la bondad de Dios, nadie habría sabido que estaban unidos con él y merecían el nombre de santos. Por eso finalmente, si el Evangelio se difundió, y en la medida en que sigue difundiéndose, es siempre a través de un rostro humano.

Es esencial que entremos en esta perspectiva, como dice admirablemente san Pablo: “En Jesús no hay ‘sí’ y ‘no’. En Jesús solo hay el ‘Sí’. ” (2 Co 1:19).

Existe una tendencia infinitamente peligrosa que es asociar a Dios con el sufrimiento, imaginar que para agradar a Dios hay que infectar la vida, no tener ninguna alegría, renunciar a todas las bellezas del universo. La verdad es lo contrario. Dios hizo del sufrimiento mismo un espacio de luz y de Amor, pues tomó el sufrimiento y lo transfiguró asumiéndolo e hizo de él la fuente de la Redención universal.

Y cuántas almas cristianas, justamente las mejores, han encontrado en el sufrimiento la posibilidad de expresar su amor, es decir de no sufrir pasivamente sino de hacer de él un acto libre, como también hicieron con la muerte. Porque no consideraron la muerte como un terror, sino al contrario, como ofrenda, como oblación, como el último acto de vida que comunicaba a toda la humanidad el resplandor de la Presencia divina y lo ponía en el corazón de Dios que late en el nuestro.

Amar la vida con pasión

Jesús no vino para alejarnos de la vida, de la vida cotidiana, del trabajo que nos permite ganar el pan, y el pan que comemos en la mesa común. Jesús vino para que tengamos vida y que sea desbordante, para que su gozo esté en nosotros y que nuestro gozo sea perfecto. Para ser pues cristianos convencidos y perfectos, no hay que alejarse de la vida, sino al contrario, amarla con pasión, vivirla plenamente, y hacer de ella a cada paso una obra maestra de luz y Amor.

Ustedes saben que la alegría de una joven pareja, cuando el amor está todavía intacto, cuando está en sus primeros descubrimientos, cuando no han comenzado los choques y heridas, la alegría del amor de una joven pareja está en el arreglo de la casa, poner orden armonioso entre los objetos, hacer de la casa el refugio de la felicidad, hasta el punto de que el trabajo casero no es trabajo que cuesta, sino, para la mujer que ama, la expresión de su ternura. Es la espera del amor, pues su recompensa será sentir que su marido es feliz, que ha encontrado en el cuadro armonioso que ella le ha preparado toda la delicadeza y todo el fuego de su amor.

Pues bien, eso es todo lo que Cristo hizo de toda la vida. Toda la vida fue glorificada, toda la vida es transfigurada por su Presencia, y toda realidad ha revestido una dimensión infinita.

Se trata pues simplemente de entrar en lo que hacemos, hacerlo bien, hacerlo perfectamente, hacerlo con alegría, hacerlo en espíritu de ofrenda y amor y entonces, cada una de nuestras acciones será la fuente de una comunicación eterna y todos nuestros gestos, toda nuestra vida, toda nuestra existencia, todos los movimientos de nuestro cuerpo y todas las fibras de nuestra carne serán también sacramento en que el Amor de Dios es vivido y cantado.

(*) « Libro Ton visage ma lumière, 90 sermons inédits (Tu rostro, mi luz, 90 sermones inéditos) »

Editorial Mame, París, 2011. 510 páginas

ISBN : 9782728915064

MDS : 531154

sfn 62 1202

08/12/2017 les 08-09/12/2017 – décembre 2017