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« Articulo de Mauricio Zúndel en el n° 75 del Bulletin catholique international de noviembre de 1932. Reproducido en le courrier de Genève del 7 noviembre de 1932. Se añadieron los títulos, extractos e imagen.
Situación política: los años 1930 están marcados por la amplitud de la crisis económica y social en Francia. En 1932, el segundo Cartel gana las elecciones y gobierna la izquierda radical y el socialismo. Al mismo tiempo, se desarrollan las ligas de extrema derecha.
Resumen: Dios es espíritu y la grandeza del hombre está en responder al llamado de adorarle en espíritu y en verdad. Para eso, es necesario que todo hombre pueda vivir humanamente, en seguridad, y comer a satisfacción, para darse cuenta de que es espíritu. El primer valor es la vida, no el dinero. La sociedad debe espiritualizarse y el patriotismo universalizarse, en el primado del espíritu y del reino del amor.
Dios es espíritu y el hombre no está encerrado en la materia
“Dios es Espíritu y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. ” (Juan 4:24, Diálogo con la samaritana).
Estas palabras son el fundamento definitivo de la religión del Espíritu: el Reino de Dios está en medio de nosotros.
Toda la grandeza del hombre está en esa vocación (a adorar a Dios en espíritu y en verdad). El hombre es espíritu ya que es capaz de adorar en espíritu al que es solo Espíritu.
Toda la grandeza del hombre está en esa vocación. Es espíritu ya que es capaz de adorar en espíritu al que es solo Espíritu.
Es Espíritu, es decir que puede liberarse de todo límite temporal y espacial. Pero sin despreciar la duración móvil y la extensión divisible en que está implicado su ser físico, aunque haciendo del despliegue cuantitativo y temporal la expresión, el símbolo y como el sacramento del Espíritu.
Ahí está todo el misterio del Arte: éxtasis de la materia en la embriaguez del más allá que imanta su flujo, dejando flotar el espíritu sobre sus ondulaciones.
Un cuadro no es un paquete de colores sino una visión interior, una mirada iluminada. Y no damos la mano a los amigos para tomarles la temperatura sino para comunicarles, en cuanto nos es posible, el misterio de nuestro ser a cambio del suyo. No deseamos tocar su corazón de carne — que solo sería un músculo sangrante en nuestras manos — sino su corazón espiritual que es el hogar inmaterial del amor.
Así es siempre. El hombre no se contenta con agarrar la materia con sus manos; sino que quiere también dar un abrazo sentimental con su corazón. La materia lo enloquece y lo posee si no lo purifica y lo santifica. La vida solo es tan difícil y peligrosa — o tan hermosa y sagrada — a causa de ese misterio que es la atracción de todo. “No solo de pan vive el hombre. ” (Mt. 4:4; Lc. 4:4 — Tentación de Jesús en el desierto).
El pan es necesario para sostener el organismo, para templar las cuerdas de la lira — pero la vida comienza con el canto.
Legitimidad de la propiedad
Por eso el derecho de propiedad cuya legitimidad establece el pensamiento cristiano, no es sino el que siente la libertad del espíritu. Se trata de estar suficientemente al abrigo de las exigencias y límites corporales para poder vivir humanamente.
Y pues el cristianismo reconoce la dignidad personal de todo ser humano — inclusive del niño todavía en el seno materno — desea extender a todos los hombres el derecho de propiedad y su realización efectiva. Es necesario que todo hombre pueda vivir como hombre, con suficiente seguridad para escapar al clamor de sus entrañas y con suficiente tiempo libre para darse cuenta de que es espíritu.
Cuando la propiedad no tiene olor de espíritu, cuando hace inhumana la vida de una multitud, cesa de ser un derecho — y puede convertirse en crimen.
Cuando la propiedad no tiene olor de espíritu, cuando hace inhumana la vida de una multitud, cesa de ser un derecho — y puede convertirse en crimen. Es entonces necesario revisar los valores y realizar una nueva repartición.
Los excesos de los des materialismos explotadores o tiránicos
Entiéndanme, no se trata de hacer esclavos de sus esclavos a los dueños de esclavos y volver a comenzar los mismos excesos bajo otro nombre, cambiando simplemente de lado la injusticia para continuar con una humanidad inhumana.
Solo se trata de desolidarizarnos con tanta fuerza de un capitalismo materialista como de un comunismo materialista, absurdo y tiránico. El cristianismo es enemigo del uno y del otro, porque es la religión del Espíritu: toda nobleza y toda humanidad, toda libertad y toda santidad.

Nos equivocamos de extraña manera pensando que el cristianismo soporta hablar de caridad cuando no se ha comenzado a desear la justicia. La caridad no consiste en dejar caer migajas de la mesa para los perros y los pobres — sino en arrodillarse ante el Hijo de Dios que se nos entrega en el alma de los más pequeños y tratar a los hermanos como Él lo merece.
Mientras haya en la tierra un solo hombre… privado del bienestar necesario a su espíritu a pesar de todos sus esfuerzos… estamos ante una injusticia que todos tenemos deber de reparar.
Es pues importante expresar nuestro pensamiento tan claramente como posible: mientras haya sobre la tierra un solo hombre incapaz de vivir humanamente, es decir, privado del bienestar necesario a su espíritu a pesar de todos sus esfuerzos — sin haberse puesto además al margen de la sociedad — estamos ante una injusticia que todos tenemos deber de reparar.
Primero la vida, no el dinero
El primero de todos los valores es la vida, y vivir, el primero de todos los derechos.
El primero de todos los valores es la vida, y vivir, el primero de todos los derechos.
El hombre vive humanamente conformándose sin cesar a las exigencias del espíritu, honra lo suficiente la humanidad para merecer de los demás la subsistencia material, si es incapaz de abastecerse él mismo.
La Vida ante todo.
Y no el dinero.
El hombre considerado hasta ahora es el hombre que concentra en sus manos cierto número de intereses evaluables en dinero, el hombre que trunfa y le ayuda a usted a trunfar, es decir a hacer esclavos a los demás, pues la riqueza no tiene poder, a menos que alguien ejecute sus voluntades.
Pero la ejecución misma supone que el instrumento utilizado encuentre en otro una necesidad por satisfacer que lo ponga en sus manos. Y así indefinidamente. Pero eso no puede durar eternamente. El número de hombres es limitado y también la suma de sus necesidades. Los suscitados artificialmente encuentran sostén en las necesidades naturales. Solo se pueden suscitar en todos haciendo imposible su satisfacción.
Imposible a todos triunfar por ese camino, imposible a ser ricos en el bajo sentido material en que lo entendemos hoy. Solo es posible a unos cuantos, arruinando a los demás y a sí mismos.
Ahí estamos hoy.
Es necesario volver al criterio de la vida.
Producción material adaptada a las necesidades reales
La producción material debe regularse según las necesidades naturales del cuerpo, quiero decir según las necesidades aprobadas por el espíritu, aquellas cuya satisfacción hace el cuerpo perfectamente dócil a su impronta.
La superproducción lleva al desempleo, a la guerra, la injusticia y la miseria.
Mucha actividad debe darse al arte, la ciencia, la oración, la vida del espíritu, pues por este lado las necesidades son inagotables e infinitas las posibilidades.
Ya no el dinero, con su despliegue de oropeles y su cortejo de lujos, sino el espíritu con su nobleza interior y su libertad divina.
La industria debe humanizarse.
El primer valor de una empresa es el hombre. El trabajo del hombre, la felicidad del hombre. La revolución que sube es solo el despertar loco de una humanidad cuya dignidad espiritual se ha pisoteado: ruinas sobre ruinas.
La política es una ciencia, y la patria debe reproducir el reino del espíritu
La sociedad debe espiritualizarse.
Los estados modernos son en su mayoría conglomerados de intereses privados… ¿Cuántos piensan que la política es ciencia y virtud?
Los estados modernos son en su mayoría conglomerados de intereses privados, haces de egoísmos solidarios, y sus parlamentos demasiado a menudo asambleas de mercaderes preocupados ante todo por sus negocios.
¿Cuántos piensan que la política es ciencia y virtud, y que el primer deber del estadista es establecer y afirmar el primado del espíritu? ¿Qué le quedará al hombre, tratado como máquina en la fábrica, y reprimido en su impulso espiritual por la calle, sino escuchar en sí mismo los llamados del animal?
El patriotismo debe universalizarse.
La patria debe reproducir en el terreno social el reino del espíritu… Merece ser la perfección de la vida humana en la medida en que lo procura.
La patria es un deber, no una divinidad. En el terreno social, debe reproducir el reino del espíritu que constituye la verdadera personalidad de los individuos. Solo por eso es sagrada la patria. Si se vuelve contra el espíritu, ya no es sino una caverna de ladrones.
Las patrias son contingentes. Merecen ser en la medida en que procuran la perfección a la vida humana. Solo son eternas cuando están al servicio de lo eterno.
Ahí también es necesario revisar los valores y los títulos de propiedad. No hay tratado válido por o contra una nación que obligue o sea obligada a una vida inhumana.
La sumisión de las patrias al Espíritu; todo sería posible en la humildad
Todas las patrias están sometidas al Espíritu.
Todas las patrias están sometidas al Espíritu: él debe ser su árbitro – la justicia, el derecho, no en textos sino en una Presencia amada ante la cual se dobla toda rodilla.
Esa es su gloria y su garantía suprema, su independencia y común patrimonio. Que rivalicen sin cesar por poseerlo mejor y hacerlo brillar más: el Espíritu no se agota. Todas las patrias están sometidas al Espíritu: él debe ser su árbitro — la justicia, el derecho, no en textos sino en una Presencia amada ante la cual se dobla toda rodilla.
La guerra — al menos de un lado, si no de los dos — es un crimen. La fuerza no puede determinar el derecho. Arriesga sobre todo comprometerlo y mancharlo. Los cristianos deben constituir un frente único por la paz — y contra la guerra. No se puede decir sinceramente Padre nuestro y reconocer a Cristo en todo hombre, aceptando el masacre de millones de seres jóvenes y sanos como medio normal de resolver los litigios contingentes.
¿Cómo no sentir que está implicado el honor de Dios y que la cruz es el gran anatema del amor contra la violencia y el odio? (1) El desarme es una necesidad, pero con voluntad sincera de someterse al Espíritu.
Todos hemos pecado. Toda falta moral, incluso la más secreta, es un acto de guerra. Entonces todos, individuos y pueblos, deben humillarse ante Dios — y solo ante Él pueden hacerlo. Uno no puede rebajarse ante iguales.
Todo sería posible en un clima de humildad. Todos deben ceder al Espíritu. Si no, Europa puede pasar la mano al Asia y firmar el final del cristianismo.
No hay que buscar en otra parte las razones de nuestro desorden y las garantías de la paz. Hemos pecado contra el Espíritu, y solo nos salvaremos volviendo al Espíritu.
Eso implica sacrificios. Si no los aceptamos, nos serán impuestos con un baño de sangre.
Hacer reinar el amor
Hay que repetir al mundo el mensaje de amor (del Evangelio), y mostrarle la dulzura del rostro festivo de Jesucristo.
¿Y por qué no consentir? Todos los hombres se dan cuenta, al menos confusamente, de que la vida es un misterio que tiembla ante un más allá, intangible, pero que determina todo su precio. Todos se honran de reconocerlo o de expresarlo en el arte, y ¿por qué rehusarían reconocerlo en su vida?
El Evangelio solo nos pide ser y vivir según las exigencias y la dignidad del Espíritu.
Es necesario repetir al mundo el mensaje de amor y mostrarle la dulzura del rostro festivo de Cristo Jesús.
Nosotros somos los más culpables, o los más desdichados, pues no supimos hacer reinar el amor.
Pero es todavía tiempo de someternos a su imperio para que ilumine nuestras vidas y aparezca como el salvador de todos. Todos deben consentir a un empobrecimiento material, es decir en verdad, a cierta liberación de la materia para conservar las riquezas del Espíritu.
La política del Evangelio es la única política realista:
“Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. ” (Mt. 6:33)
Porque la realidad humana es primero espíritu.
(1) En la cruz, el amor reprueba, condena o “excomulga” rechazando la violencia y el odio.
(2) Afiche que representa los engranajes de la máquina que debe llevar al hombre anónimo hacia su ruina. El engranaje político tiene su réplica en el engranaje mecánico. En el centro, la primera rueda representa la victoria del nuevo cartel de izquierda en las elecciones de 1932, y la segunda, el comunismo soviético. En este afiche de propaganda de los republicanos nacionales, se denuncia la alianza roja del Frente popular. El hombre atrapado por el brazo, es molido por esas dos fuerzas que provocan infaliblemente y de manera mecánica, “ruina, guerra y miseria”. El texto es expulsado al otro lado de un engranaje que, por desgracia, es hechura del hombre…