Descubrir en María el corazón mismo de Dios

[
« Una carta de Mauricio Zúndel desde ROMA el viernes 25/12/1925.
Navidad. No publicada. Zúndel fue ordenado sacerdote en 1919 y nombrado vicario para la parroquia de San José en Ginebra. Animó en especial un hogar de niñas deseando elevar el nivel de comprensión de sus alumnas de extracción de un medio popular. Luego lo exiló su obispo y lo envió a Roma para que mejorara su teología, desde donde escribió a sus hijas.

Resumen: Zúndel nos describe a Santa María la Mayor de Roma, su atmósfera y su espacio. Es Navidad y está presente el pesebre. Zúndel recomienda a sus niñas de Ginebra que encuentren en el corazón de la Madre el corazón mismo del Dios Santo.

Mis muy queridas hijas.

Desde mi ventana veo el ábside y la torre de Santa María la Mayor. El ábside es blanca, pero de un blanco ámbar, como la piel de un bebé.

La torre es rosada, de un rosado de ladrillo, con mezclas de ocre y de rojo coral. Alrededor del techo, una balaustrada como una diadema real, para ver el cielo a través. Dos cúpulas, al norte y al sur, coronan las capillas laterales.

Los lados hacen cuerpo con los palacios adyacentes que forman las alas de la fachada, y al centro el Atrio donde abren las rejillas, como la Corte de Honor de la Casa de la Virgen, y encima, la logia solemne al fondo de la cual emerge el rostro de Cristo que toca las nubes.

Al interior encontramos el espacio que se presenta como en San Pablo extra muros y en San Juan de Letrán para no citar a Santa Sabina, el espacio, el gran misterio de las basílicas.

Al entrar, uno se siente en seguida aliviado de una opresión de que ni siquiera estaba consciente. La mirada va libremente adelante, nada la detiene hasta el altar, y más allá todavía, hasta el mosaico apacible donde está sobre un trono el Hijo de Dios.

Es el gran secreto de haber atraído el Espacio, como sin sentirlo y sin aprisionarlo en la piedra.

El techo artesonado está discretamente laminado de oro en la gran nave – las pequeñas están dominadas por una bóveda en la nave mayor – Las pequeñas, una bóveda de cañón, como un cenador, a la sombra de la cual la oración encuentra más fácilmente su camino. Y las mujercitas desfilan con un velo sobre la cabeza y sus hijos en los brazos. No se avergüenzan de su pobreza, ni del llanto del hijito que se despierta y tiene miedo de la oscuridad. Están en casa como nadie, pues no tienen más palacio que el de Dios. Esta mañana vi a una de ellas besando fervorosa la Puerta Santa de la entrada.

Celebré la Santa Misa rodeado de esa gente admirable y me impresionó el recogimiento de todos los que vinieron a comulgar. Vino entre otros un soldado, con los brazos cruzados sobre el pecho, con un candor tan noble y una alegría tan sencilla que me pareció presentar la hostia al Centurión del Evangelio.

Pasé delante del Tabernáculo, donde se conserva el pesebre del Niño que vendrán a visitar los Romanos en navidad, y ante el cual los niños van a recitar el sermón escrupulosamente aprendido, y que están encargados tradicionalmente de recitar ese día.

Luego, de regreso, fui a ver la Torre de color rojo ocre amarillo coral, con estos hilos que salen de la parte superior de la Cruz y se desvían tanto como los brazos y caen como las cuerdas de un gran mástil.

Como un gran barco, fornido y liviano al mismo tiempo,
Como el Arca blanca de la Virgen,
Casa de Oro, Arca de Alianza,
Puerta del Cielo, Estrella de la Mañana,
Santa-María la Mayor.

Sobre ella se difunde en primer lugar la luz del día. El brillo es tan intenso que el sol parece hundirse en la piedra y no ser sino puna parte de la Torre.

Allá pues debemos ir a arrodillarnos junto a la Virgen María para pedirle que nos dé el rocío que da a su alma la frescura y la viva salvación que está en sus brazos, el Niño Jesús.

Así se manifestó en la tierra el Sol de Justicia. Con ella confundido, Jesús en el seno de María, “Por eso me dirán bienaventurada todas las naciones”.

A ella pues debemos ir, arrodillarnos para pedirle que nos dé el rocío que da al alma la frescura y la salvación viva que está en sus brazos, el Niño Jesús.

Es mi deseo para ustedes y es lo que pido en esta Navidad:

Que encuentren en el corazón de la Madre el corazón mismo del Dios Santo.

Quisiera ofrecerles a todas un regalo, pero no puedo. Quisiera estar con ustedes, quediras hijas, y lo estoy con mis oraciones, con mi afecto que permanece inalterable en Cristo Jesús.

Hermano Benedicto (Frère Benoît)

imn 25 1202

publication sur le site le 25/12/2017 décembre 2017

mots-clefs – mots-clés Zundel, Rome, 1925, lettre, Noël, Marie, Marie Majeure, porte sainte, espace, basilique, crèche, mère