Resumen: La muerte constituye siempre un problema inmenso: hay que volver a la experiencia del encuentro humano… Solo a través de la Presencia de Dios, única que puede hacernos realmente presentes a nosotros mismos y a los demás, podemos entrar en contacto con los que están muertos y con los que están vivos. El organismo humano está llamado a ser el sacramento y signo vivo de una Presencia infinita. Cuando amamos a alguien con amor totalmente puro, él tiene un rostro interior. El cuerpo que queda es cierta música, una cifra organizadora de los elementos que prestamos del Universo. Todos los amores auténticos tienen promesa de eternidad. Nuestro Señor no se fue para otra parte sino para donde la vida se libera totalmente. Nada está definitivamente perdido, todo comienza en ese centro interior. La eternidad no es estática.
En el corazón de las relaciones humanas hay una experiencia de la eternidad. La realidad de Dios es el único camino hacia nosotros mismos.
Con los sufrimientos, es difícil reconciliarse con la muerte
Quisiera resaltar a través del acontecimiento trágico de la desaparición del submarino « Minerva » (el 27 de enero de 1968), acontecimiento que resume además la tragedia de la muerte en toda la humanidad a través de todas las guerras más terribles, a través de todos los masacres, a través de todas las enfermedades: hay un haz tal de sufrimientos inimaginables que es difícil reconciliarse con la muerte. No nos acostumbramos a la muerte, nos plantea siempre un problema inmenso y este problema puede tener solución pero no es fácil encontrarla.
Si queremos superar la muerte como paso hacia una vida, si queremos superar la muerte en su mayor crueldad para nosotros, hay que volver a una experiencia que podemos hacer todos los días, a cada instante, la del encuentro humano.
Volver a la experiencia de los encuentros humanos
¿Cómo se hacen los encuentros humanos? … La mayor parte del tiempo son superficiales, ¡tanto escapa el rostro del hombre, el verdadero rostro del hombre, del ser humano! Las relaciones son exteriores, a flor de piel, son utilitarias, instintivas, y como tales no nos satisfacen.
En el fondo, cuando estamos ante un ser humano, lo que buscamos en él es una fuente y un origen. Por otra parte, en negativo, podemos estar seguros de esto: nada hiere más a un ser humano que el ser tratado como cosa, como objeto, como instrumento o, como decía Merleau-Ponty, el ser tratado en tercera persona como cuando se dice « ese » o « esa »… Nada es más ofensivo porque da la impresión de ser excluido del mundo humano, de ser herido de indignidad, como si no tuviera nada que justifique el respeto.
Por una parte, hay en el hombre una reivindicación de dignidad que la mayor parte del tiempo somos incapaces de situar, y sin embargo cuando se desconoce radicalmente su dignidad, hay un sobresalto de rebeldía que indica precisamente que cada hombre es consciente de ser otra cosa que un objeto y un instrumento.
En los demás buscamos una fuente, un infinito
Bajo otro aspecto, lo que evocaba en la búsqueda del hombre, cuando nos hacemos realmente presentes a los demás en un movimiento de respeto y de generosidad, o de interés afectivo y de amistad, con mayor razón de amor, buscamos en el otro una fuente, un origen, una dignidad, un valor, una existencia creadora e irremplazable.
Los seres que amamos o quisiéramos amar no son intercambiables, cada uno es él mismo en su unicidad y lo que el amor quisiera alcanzar precisamente es la unicidad del ser, su carácter irremplazable, su valor, su dignidad, su vocación de creador que hace de él precisamente en el universo una presencia irremplazable, insustituible, una presencia de la que está suspendido todo el equilibrio del universo.
Eso supone que en el fondo todo ser humano, por el mero hecho de venir al mundo, está llamado a ser el centro, un nuevo centro del universo. Eso quiere decir en términos extremamente sencillos que no existe la neutralidad: la presencia de un ser humano no es nunca neutra, el hecho de que entren en un cuarto determina una corriente, una corriente que será creadora o destructora: nuestra presencia no es neutra, actúa, opera, modifica, determina una corriente positiva o negativa.
Cuando estamos frente a un ser humano y tratamos de mantener con él relaciones propiamente humanas, más allá de la superficie, más allá de lo visto y conocido, más allá de las últimas noticias leídas en el periódico de la mañana, cuando queremos realmente abordarlo en su misterio, en su secreto, sin violar claro está su clausura, pero cuando buscamos un contacto vivo y creador, lo que buscamos, finalmente en cada uno es una riqueza que no se agota, un tesoro ilimitado.
Obstáculos a lo ilimitado
Nada hiere tanto el amor como encontrar límites en el ser amado, quiero decir límites que lo oscurecen, límites que muestran que sus reacciones son pasionales, que es todavía en buena parte cosa, elemento del universo, que no es fuente y creador. Uno quisiera naturalmente encontrar en los que amamos un espacio ilimitado.
Es muy raro que ese encuentro de lo ilimitado se realice en las vidas humanas. La mayoría del tiempo la gente está abrumada de cansancio, de preocupaciones por la subsistencia material, de pasiones individuales o colectivas; es extremamente raro que el contacto entre los seres humanos sea tan profundo, tan total, que sea inmediatamente la imagen del infinito, de lo eterno.
Sin embargo, continuamos en esa dirección, y las horas estrelladas, como diría Stephan Zweig, las horas estrelladas, los momentos inolvidables en que pudimos entrar en contacto con un ser humano en lo más profundo de su profundidad, esos momentos realizan precisamente entre nosotros el intercambio del Infinito.
Intercambiar el Infinito para ser interiores unos a otros (1)
Es necesario intercambiar el Infinito para ser interiores unos a otros… No podemos encontrarnos realmente sino comunicando a Dios.
Hay que comunicar el Infinito finalmente para encontrarse radicalmente, para ser interiores unos a otros. En entonces cuando caen las separaciones, se sobrepasan las fronteras, una intimidad se ilumina en lo secreto del otro, eso quiere decir, de la manera más sencilla, que no podemos encontrarnos realmente sino comunicando a Dios si Dios es precisamente la Vida de nuestra vida, si es el tesoro de nuestra intimidad, si El es la Presencia que hace de cada uno un santuario inviolable.
Y por eso es así: cuando tenemos el respeto de los demás y buscamos encontrar a los demás en su dignidad humana, no podemos sino mantenernos en estado de apertura en el silencio más profundo, en que acogemos la Presencia divina, en el que encontramos la Presencia divina, sin hacer ningún ruido con nosotros mismos para « no impedir la música » como dice la Escritura (Ecco 32,3)
Los hombres no comunican sino cuando cesan de limitarse mutuamente y se hacen unos para otros espacio infinito en que se respira la Presencia divina. En el corazón mismo de las relaciones humanas, hay pues una experiencia de la eternidad.
Y puede suceder que en medio del silencio, cuando el silencio se hace recíproco, silencio vivo, silencio que sobrepasa el lenguaje en su plenitud, silencio que es presencia y persona, cuando se llega a ese silencio, el intercambio se realiza en la luz, precisamente en la luz de ese rostro maravilloso e inefable que es el Rostro de Dios. Dicho de otro modo, los hombres todos no comunican sino comunicando a Dios, ya que los hombres no comunican sino cuando dejan de limitarse mutuamente y se hacen unos para otros espacio infinito en que se respira la Presencia divina.
En el corazón mismo de las relaciones humanas, hay pues una experiencia de la eternidad. No hay relaciones humanas que no se enraícen en la eternidad en la medida en que, justamente las relaciones humanas se hacen auténticas, y es así como de cierto modo la muerte es vencida ya que, desde ahora, no hay relaciones humanas sino en lo eterno; no vamos a hablar del accidente físico de la muerte, no es el accidente físico de la muerte lo que puede cambiar algo.
La muerte concierne de hecho la mayoría de la gente
La mayoría de la gente está muerta… no están vivos porque todavía no han nacido. El nacimiento aparece en el momento en que la vida se concentra sobre la Presencia divina.
La muerte, en realidad, para seres humanos, es vivir como cosas, abandonarse a los determinismos del universo, no llevarse uno mismo, dejarse llevar por el universo la mayoría del tiempo.
Es lo que hacemos la mayoría del tiempo: nos dejamos llevar por el universo, vivimos porque las energías cósmicas, las energías naturales siguen alimentándonos y no porque somos fuente de nuestra propia existencia y subsistencia. La mayoría del tiempo somos cosa y objeto, elemento de la naturaleza, estamos lejos de ser fuente y origen, lejos de ser creadores de nosotros y del universo. Entonces, la mayoría de la gente está muerta, la mayoría no vive humanamente, no vive como independiente, quiero decir como liberada de los determinismos que la constituyen. Los vivos están muertos la mayor parte del tiempo, están vivos porque todavía no han nacido.
El nacimiento aparece precisamente en el momento en que la vida se concentra en la Presencia divina y en que el amor es sólo el intercambio de la Presencia divina. Entonces todas las relaciones humanas se hacen eternas y se enraízan en un centro único en que los seres realmente no hacen sino uno, no son sino uno.
¡Tales momentos son raros, claro está! ¡Rara vez llegamos a esa identificación en la luz de la Presencia divina! Finalmente esos momentos son tanto más preciosos cuanto más raros sean, y son la prenda de la eternidad del amor.
Contacto con los que ha pasado por la muerte
No podemos entrar en contacto con los que han pasado por la muerte, ni con los vivos, sino a través de la Presencia de Dios… que es el único camino hacia nosotros mismos.
Dicho de otra manera, tenemos un camino para ir a los que pasaron por la muerte, el mismo camino que nos une a ellos en la vida. Como aquí abajo no podemos llegar unos a otros sino a través de Dios que es la respiración de nuestra libertad, en la muerte no podemos llegar a los difuntos, es decir a los que terminaron su tarea en el mundo visible, no podemos entrar en contacto con ellos, ni con los vivos, sino a través de la Presencia de Dios única que nos hace presentes a nosotros y a los demás.
En adelante, la formidable realidad de Dios es el único camino hacia nosotros mismos y hacia los demás: ella le da a la muerte un rostro nuevo, no hace de la muerte una ruptura definitiva, una separación insuperable, precisamente porque no teniendo otros lazos con nosotros mismos y con los demás sino el Dios vivo cuyo santuario es el alma, podemos seguir en relación con los difuntos en la misma Presencia que nos unía a ellos cuando estaban visiblemente entre nosotros, tanto más cuanto que el cielo donde los buscamos no está en el exterior sino al contrario, el cielo es la Presencia de Dios que nos habita y que es el único camino hacia nosotros y hacia los demás.
Es pues en el corazón del silencio, en que uno cesa de hacer ruido consigo mismo, en que uno está escuchando la música silenciosa que es, según San Juan de la Cruz, el Dios vivo, en el corazón del recogimiento supremo, donde se comulga con los difuntos como con los vivientes.
Para inmortalizarse, para llegar a tal comunión, hay primero que decantarse, recrearse, nacer de nuevo, hacerse hombre.
Vidas enraizadas en el cielo interior
Por otra parte, hay vidas terminadas, vidas que pudimos seguir, vidas perfectas, vidas de santos si quieren, que vimos transfigurarse progresivamente y hacerse cada vez más transparentes a la Presencia divina, y cuya muerte no nos parece ya una separación sino una maduración. Estaban tan sumergidas en Dios, tan identificadas con Dios que finalmente no eran sino resplandor de Su Presencia y su partida aparente no es ya una separación, porque estaban tan en el interior de Dios y de nosotros que en efecto finalmente se enraizaron totalmente en un universo interior, es decir, situado en lo más íntimo de nosotros, de tal modo que no podemos buscarlos sino dentro de nosotros.
En ese cielo interior es donde se vence la muerte, pero tales victorias son evidentemente raras. Se necesita una santidad eminente para que un ser dé el sentimiento de que la muerte no la alcanza, como sucedió con San Francisco.
La muerte de San Francisco es una muerte incomparable, que dio a todos los asistentes, a todos los testigos, el sentimiento de una victoria. Él mismo además preparó la muerte con admirable serenidad: quiso que la saludaran como se saluda a una reina, compuso inclusive una estrofa especial del « Cántico del Sol » para acogerla, quiso oír cantar el « Cántico del Sol », quiso apretar todo el universo en su corazón, quiso manifestar la unidad perfecta de la Creación en el Amor infinito, e iluminó a todos sus discípulos dándoles inmediatamente a entender que no, que no había separación, que no iba a dejar nada pues había dado todo, y que ese don total lo hacía a la vez totalmente presente al universo y el universo totalmente presente a él. No hay ruptura, nada se rompe, y todo su ser iba con un impulso de amor hacia el Amor que lo habita y en el cual se va a sumergir.
No entramos en contacto real con los demás sino comunicando a Dios… Para llegar a una comunión así, primero hay que decantarse, re-crearse, nacer de nuevo…, hay que hacerse hombre.
Podemos además recorrer ese itinerario de otra manera, para llegar al mismo resultado; y el camino que vamos a considerar no es menos realista que el otro, si es perfectamente verdadero, si es una experiencia de todos los días, la experiencia de entrar en contacto profundo y real con los demás comunicando a Dios. No es menos verdad tampoco que para llegar a una comunión tal, hay que decantarse primero, recrearse, nacer de nuevo, transformarse profundamente, para repetir una expresión familiar, hay que hacerse hombre.
¿Vidas arrojadas a la inexistencia?
Hablábamos ayer de los determinismos que nos modelan, de los determinismos que nos construyen, de los determinismos que encontramos cuando nos despertamos a la conciencia de nosotros mismos: cuando tomamos conciencia de nosotros mismos, constatamos que estamos ahí, y que no hicimos nada para eso, que no tenemos nada de nosotros mismos, y sin embargo decimos « nosotros », pero ¡fraudulosamente! Decimos « nosotros », « yo », sin que nada justifique el empleo de esos pronombres personales ya que no hemos creado nada nosotros mismos, ya que somos enteramente prefabricados y que recibimos una existencia que no escogimos, ni construimos, ni formamos, y estamos en un universo que recibimos igualmente.
Es evidente, de verdad, que si permanecemos en esta situación, si permanecemos simplemente en un ser prefabricado, si somos únicamente movidos por los instintos y las pasiones, si nos dejamos llevar por el universo y dirigir por los nervios y las glándulas, la muerte vendrá evidentemente también de afuera, nos tratará como objetos, nos llevará obligándonos a recibir el destino final como recibimos el destino original, como fuimos arrojados a la existencia sin quererlo y sin ser consultados, ¡seremos arrojados en la inexistencia sin quererlo y sin elegirlo!
¡La vida tiene que ser una conquista!
Pienso en la agonía de un muchacho de 22 años, tuberculoso, apasionado y apasionadamente apegado a la vida, y que se veía morir sin remedio. Estaba en una rebeldía terrible porque su pulmón, que no era su cerebro ya que su pensamiento estaba en una lucidez terrible, era su pulmón, y sabía que iba a morir a causa de un bacilo que se alimentaba de su pulmón: ¿qué quiere decir eso? Parece imposible. Su rebeldía tenía una dimensión increíble, cósmica. Pero justamente había recibido la vida, había sido llevado por sus pasiones, llevado por el universo, y la muerte venía a llevárselo sin que él pudiera hacer un acto humano, un acto vivo, un acto libre, y la rechazaba con todas sus fuerzas, en una desesperación inconsolable.
Se trata pues de hacerse hombre. Si la muerte no debe ser para nosotros una realidad tan brutal, tan impersonal, tan cósmica como nuestro nacimiento carnal, es necesario que la muerte, o más bien: es necesario que la vida sea una conquista, una conquista, ¡que todos los elementos cósmicos se transformen en nosotros, se interioricen, se liberen! De otro modo no podremos ni ofrecer a los demás un espacio infinito, ni tampoco buscar en los demás un espacio infinito.
Invertir los determinismos, interiorizarlos, transformarlos en instrumentos de la libertad
En el fondo buscamos finalmente a los demás en el nivel en que deseamos vivir nosotros, y cambiamos tanto más al otro en lo más profundo cuanto que vivimos más profundamente, y cuando buscamos en ellos solo el Infinito, es que no podemos vivir nosotros mismos sin el Infinito. Pero una vez más, desde luego, para llegar al Infinito, para vivir del Infinito, es necesario transformarse muy profundamente ya que es necesario justamente invertir los determinismos, flexibilizarlos, interiorizarlos hasta que sean instrumentos de la libertad.
Si quieren, es algo así como en acústica. En la acústica, todo sonido es una vibración, una vibración del aire ambiente. Si las vibraciones son desordenadas, es un ruido. El ruido que nos mata, el ruido que destruye la vida, que destruye todos los matices, que impide todos los descubrimientos profundos y creadores. Si por el contrario las vibraciones son ordenadas, establecidas en relación armoniosa unas con otras, es la música; y la música por el contrario, lejos de herirnos, la música nos calma, nos interioriza, la música crea en nosotros un silencio interior, es inclusive el camino más corto para llegar al silencio, al silencio interior, porque justamente todos los fenómenos físicos han sido disciplinados, se han interiorizado y han sido establecidos en relación armoniosa unos con otros.
Lo mismo para nosotros, si no queremos seguir siendo un pedazo del universo, una miga del universo, si no queremos ser simplemente el teatro de los determinismos que se combaten en nosotros, determinismos espirituales, si no queremos ser simplemente el teatro de pasiones que se devoran entre sí, será necesario que interioricemos todos nuestros determinismos.
La sobriedad
Sobriedad en las necesidades de subsistencia
Y esos determinismos, podemos considerarlos bajo dos aspectos: hay determinismos que conciernen la subsistencia personal o individual como beber, comer, dormir, abrigarnos, todo lo que respecta finalmente la subsistencia individual, y también todo lo que concierne la supervivencia de la especie porque estamos determinados bajo los dos aspectos.
Hay en nosotros una voluntad de vivir que nos lleva a alimentarnos, a respirar, a protegernos, a cubrirnos cuanto sea necesario para subsistir, se trata pues de establecer una sobriedad, una sobriedad en este dominio, para no ser esclavos, para utilizar las energías del universo encendiendo en nosotros la llama interior, para interiorizar todas esas energías, para promover los alimentos de cierto modo, es decir los alimentos tomados de otras especies, vegetal, animal o mineral, es necesario que los interioricemos, en una vida de ofrenda y de amor.
San Francisco, precisamente, tenía ese culto de los elementos, el culto del agua, de la fuente, del pan que le habían dado o que había adquirido mediante su trabajo, tenía el sentido de lo sagrado frente a esos elementos porque los hacía entrar en el santuario de sí mismo, y tenía claramente el sentimiento de que el universo y él estaban en continuidad de luz y de amor respecto de la Fuente divina.
La sobriedad hace que la comida sea comunión, comunión con Dios. Estas palabras son de un monje, que me decía: « ¡Tengo tanta devoción al ponerme a la mesa como al celebrar la Misa! » es decir a la mesa, en el refectorio de la comunidad, estoy a la mesa del Señor como en la Misa, y como mi pan con la misma devoción con que comulgo en el Cuerpo y la Sangre del Señor, porque el mismo Señor es mi alimento en el refectorio y en la liturgia.
Hay pues una relación entre el universo y nosotros que debe interiorizarse si no queremos ser víctimas de nuestros determinismos: tenemos que aclarar nuestras relaciones con los elementos del mundo, tenemos que tomarlos por el interior, con respeto, para que se transformen en nosotros en libertad, en alabanza, en amor, es lo que hace de una comida en una comunidad monástica una liturgia.
Todas las cosas son transfiguradas por la misma Presencia
De todos modos, comulgando en la Presencia divina que circula en todo el universo que se puede descubrir el universo y que se descubre efectivamente en la medida en que uno mismo está recogido o silencioso, en que uno tiene relación personal con las cosas, es decir que todas las cosas son transfiguradas por la misma Presencia que las hace sagradas y que hace que uno no puede sino respetarlas.
Es algo así la actitud de los artistas y de los verdaderos sabios que perciben el mundo bajo el aspecto de una Presencia que, a través de las apariencias se hace Rostro, siempre el mismo además, el mismo Rostro que brilla a través de la obra de arte, sea cual fuere, y que es sugerido por ella: toda obra de arte auténtica es la comunicación de una Presencia, de la misma Presencia infinita, siempre reconocida y siempre desconocida.
Necesidad de justicia social
El universo puede transformarse para nosotros en la medida en que nos liberamos de nosotros mismos y en que establecemos las condiciones que permitan a todo hombre liberarse.
Hay pues respeto de las relaciones de subsistencia, un respeto del universo que nos da nuestra subsistencia, que interioriza a la vez el mundo y a nosotros y que prepara la comunión eucarística en el sentido de que finalmente todo alimento es camino de comunión con Dios.
En su regla San Benito dice: « El monje debe tratar los utensilios del monasterio como vasos sagrados ». Esas palabras sencillas indican bien que la vida material, dicho de otro modo, las relaciones entre nuestras necesidades y el universo que es nuestro gran abastecedor, el universo del que sacamos de qué subsistir, las relaciones pueden interiorizarse y hacerse relaciones divinas y entonces relaciones de libertad, y además hay ahí toda una sociología: en el fondo, si hay justicia social, sería esa: liberar al hombre de sus necesidades, ponerlo en libertad ofreciendo a cada uno una seguridad suficiente para que no sea aplastado por las necesidades, que no sea aplastado por el universo, que pueda tener con el universo relaciones de amistad, de respeto y de amor.
Se cambia al otro en lo más profundo de sí mientras uno mismo vive más profundamente, y cuando no se busca sino el Infinito en los demás, es que uno mismo no puede vivir ya sino del Infinito. Pero claro está una vez más, transformarse profundamente ya que es necesario justamente invertir los determinismos, suavizarlos, interiorizarlos, hasta que se vuelvan instrumentos de la libertad.
El ser que muere de hambre, que muere de hambre, no puede tener con el universo relaciones de amistad, de admiración y encanto. El que ama el universo tiene que estar cómodo, que el universo presente otro aspecto que el de la necesidad conmovedora y aplastante. Que no tenga que pensar en la supervivencia porque le está suficientemente asegurada, que pueda gozar del universo con alegría sana y feliz.
Entonces el universo puede transformarse para nosotros en la medida en que nos liberamos de nosotros mismos y establecemos las condiciones que permitirán a todo hombre liberarse. Es de cierta manera necesario vencer la necesidad, vencerla mediante la sobriedad, la justicia y el amor, es necesario finalmente encontrar, a través de todo ese contexto de necesidades y dependencias, la Presencia divina que es, en lo más íntimo de nosotros, el único objeto digno de amor.
La castidad creadora
El cuerpo del universo y el nuestro
Tenemos un aspecto más difícil de expresar, de gobernar, que concierne la especie. No somos solamente un individuo arrojado al mundo y dependiente del universo, un individuo que puede además liberarse en la medida justamente en que, en lugar de ver en el universo una carrera por explotar, ve en él su cuerpo inmenso que ha transfigurado en el universo como en un organismo, un organismo que es nosotros mismos, hasta las más lejanas galaxias: nuestro cuerpo se extiende y la luz que viene desde diez mil millones de años, que viaja y nos llega ahora, hace aún parte de nuestro cuerpo, todo lo que nos influye en el universo es de cierto modo parte de nosotros, así como las más pequeñas inflexiones de nuestra vida orgánica se propagan al infinito.
Entonces el gran cuerpo del universo podemos transformarlo transfigurándonos nosotros mismos: mientras más nos liberamos de los instintos, de los instintos que conciernen la propia subsistencia, más liberamos el universo de su pesadez.
Una liberación a realizar en la castidad
Pero hay otra dirección, que abordo ahora, en que somos no solamente portadores de nuestra vida sino también portadores de la vida que vendrá. La paternidad y maternidad posibles respecto de las generaciones futuras, son en nosotros una llamada de una violencia increíble, de una violencia desordenada y ciega ya que la inmensa mayoría de los hombres, quiero decir de los seres humanos, la inmensa mayoría cede a ese llamado sin saber siquiera de qué se trata, rehusando exactamente el sentido mismo del llamado.
Hay pues aquí también que realizar una liberación por la castidad, así como la sobriedad deberá regir nuestras relaciones con el mundo en cuanto que el mundo es la fuente de nuestra subsistencia, hay también que establecer en nosotros una castidad en la medida en que justamente podemos ser el origen de otras vidas humanas, y así hasta el fin de los siglos, ya que cada pareja finalmente es un nuevo Adán, una nueva Eva, ya que a través de sus hijos, de generación en generación en generación, pueden ir hasta el fin de la historia.
Llamado a una paternidad y maternidad de la persona
Hay pues que establecer un orden extremamente fácil de concebir: en efecto, todo hombre y toda mujer hacen una experiencia en presencia de sus hijos, una experiencia que no pueden no hacer, a saber que el nacimiento físico invoca un segundo nacimiento personal, que la paternidad y la maternidad físicas invocan una paternidad y maternidad de la persona, porque justamente el niño, el recién nacido, que es un haz de determinismos y necesidades, es también una vocación de humanidad, es una posibilidad de hombre y para que se haga verdaderamente hombre, fuente, valor… es necesario el concurso de los padres.
Hay pues una segunda paternidad, una segunda maternidad capitales, propia y esencialmente humanas que son la paternidad y la maternidad de la persona que duran tanto como la vida. No tenemos sino un padre y una madre en la vida, un padre y una madre que son irremplazables, son únicos pero justamente esa unicidad supone que sean perfectos, perfectos…
Todo hijo sueña con padres perfectos, todo hijo tiene toda su vida la nostalgia de padres perfectos, porque son únicos e insustituibles, irremplazables. Hay pues una paternidad de la persona que es esencial, y una maternidad de la persona igualmente infinitas porque la persona justamente, la persona no se limita a ella misma, la persona es un centro universal, la persona es un hogar eterno, la persona está presente en todas partes precisamente porque se sitúa en el centro en que todos somos uno.
Castidad creadora
Hay pues una paternidad a través de la persona: a través de la persona se realiza una paternidad que concierne todo el universo, ¡que concierne todo el universo!, porque no se puede educar una persona, no se puede engendrar una persona sin desapropiarse de sí mismo, sin hacer de sí mismo un valor y un espacio ilimitados que alcancen todo el universo y reúnan toda la historia. Y justamente, ahí es donde habría que encontrar el principio de una castidad creadora que iluminaría todas las relaciones del hombre y la mujer, una castidad creadora que determinaría una toma de distancia frente a las explosiones del instinto mediante ese respeto, ese respeto de la persona.
Otra paternidad, la de la persona (2)
Considerar toda la Historia humana bajo el aspecto de la persona
Es cierto que los primeros elementos de la vida, o sea el óvulo y el espermatozoide, los primeros elementos de la vida son ya en cierto modo el soporte de una vida personal.
Un solo hombre lleva en sí miles y miles de millones de gérmenes que harían de él el padre de toda la especie humana. Pues bien, se trata precisamente de que él sea padre de toda la especie humana asumiendo toda la Historia humana bajo el aspecto de la persona.
Lo que hace preciosa la raza humana no es el multiplicarse al infinito como los conejos de Australia, lo que hace infinitamente preciosa la raza humana es que todas las generaciones puedan estar unidas por la misma Presencia divina y expresar juntas, cada una a su manera, esa Presencia divina. Cada uno de nosotros lleva en sí el Infinito, puede también a su manera a través del prisma que es, revelar esa luz infinita. Todos juntos formamos el inmenso vitral en que cada uno con su color propio expresa y revela la Presencia divina.
Si queremos no ser víctimas de los determinismos que conciernen la especie, es pues absolutamente indispensable que interioricemos todas esas fuerzas, que las personifiquemos, que les demos un rostro, que reunamos toda la humanidad en un hogar único, que la promovamos toda entera al plano de la persona, que abracemos en un inmenso respeto y amor ilimitado recapitulando todas las generaciones que nos han precedido, y considerando todas las que vendrán.
En la castidad, una paternidad universal
Hay en la castidad justamente una paternidad universal que concierne toda la historia, y que transfigura nuestro poder creador enraizándolo precisamente en el corazón del amor, viendo en toda la vida, en toda la vida, una realidad inviolable y sagrada de la que no podemos acercarnos sino de rodillas y en un gesto de ofrenda y de desapropiación. El hombre debe hacerse creador, hacerse realmente creador del hombre, no por someterse a la ley de la especie, sino dándose.
Recuerdan que los padres de Santa Teresita del Niño Jesús habían pensado vivir el matrimonio en la castidad monástica, y que comprendieron que la castidad no sería menos grande si ofrecían al Señor otras humanidades, hijos para su gloria, y finalmente tuvieron cinco hijos que se consagraron a Dios: pensaron pues primero, precisamente, en una paternidad y maternidad de la persona a la luz de Dios y para la realización del reino de Dios.
La castidad es pues el preludio indispensable de una paternidad… y maternidad personales que no conciernen la multiplicación de determinismos humanos sino la multiplicación o la creación de personas humanas cada una de las cuales realizará y terminará a su manera el Reino de Dios.
La castidad es pues el preludio indispensable de una paternidad humana, de una paternidad y de una maternidad personales que conciernen no la multiplicación de determinismos humanos, sino la multiplicación o la creación de personas humanas de las cuales cada una realizará y terminará a su manera el Reino de Dios.
La muerte
Rupture del vínculo con el universo
En la medida en que interiorizamos así la vida orgánica mediante la sobriedad y la castidad, en la misma medida nos liberamos de la muerte… Un difunto es alguien que ya no está en contacto con el universo, y recíprocamente, el universo ya no está en contacto con él.
En la medida en que interiorizamos así la vida orgánica mediante la sobriedad y la castidad, en la misma medida nos liberamos de la muerte; ya que la muerte puede significar una cantidad de cosas, pero la muerte debe significar únicamente esto, únicamente esto en su precisión biológica, que no somos abastecidos por el universo, que ya no estamos en contacto con el universo para ser abastecidos por él. Ya sea bajo forma de respiración o de alimento, dos formas además análogas, el difunto es el que no tiene ya contacto con el universo, pero recíprocamente, el universo ya no está en contacto con él, entonces eso dependerá naturalmente de su significación, y la muerte tendrá para cada uno un significado diferente según el grado de esclavitud respecto del universo, o al contrario de su liberación frente al universo.
Una liberación definitivamente realizada
Un ser enteramente libre del universo como San Francisco: su muerte no significa que el universo lo abandone y que en adelante sea incapaz de sacar de él su alimento. La muerte de San Francisco significa que en adelante no depende del universo, que está liberado, que puede subsistir sin él. Y en la medida en que nos liberamos de los determinismos, de los que conciernen el individuo como de los que conciernen la especie, en la medida en que nos interiorizamos, la muerte no será para nosotros realmente la muerte: nos interiorizamos y no dejamos por eso de depender del universo, y nos vamos hacia el momento en que ese será el término ideal de nuestro itinerario, y en que no teniendo ya necesidad del universo, nos despedimos de él, y entonces la muerte ya no es realmente la muerte sino la plenitud de una liberación definitivamente realizada. Todo eso supone que haya una transfiguración progresiva de nosotros mismos, una interiorización de todo nuestro ser, y por lo mismo también, una transfiguración profunda de nuestro cuerpo.
Nuestro verdadero rostro se dibuja de adentro
Ver en la unidad
Todos ustedes lo han experimentado: cuando un ser está enfermo, enfermo de muerte, uno ya no piensa que es hombre o mujer, que es esto o aquello, ya no piensa en esto o aquello, porque va a morir y hay que salvarlo, es decir que es todo su ser el que es cuestionado, uno ya no lo ve en los detalles de sus rasgos, lo ve en el valor que es, lo ve en su unidad, lo ve en su conjunto y lo percibe como persona.
Es lo que nos sucede frente a un desesperado que cuestiona la vida, y por ende su vida y la nuestra, y la nuestra como la suya, ya no percibimos las distinciones superficiales, las apariencias externas: percibimos el ser en su unidad conmovedora, en su unidad amenazada, en su valor infinito que podría bascular.
Ver solo del interior
Mientras más nos interiorizamos más conocemos los seres por el interior, a partir del centro. Hay seres que están marchitos, envejecidos, y que naturalmente decepcionan el ser carnal que los había deseado en su juventud y en su esplendor físico, y hay por el contrario rostros, rostros amados, que con la edad se afinan más y más, se interiorizan más y más, se esculpen por el interior por decirlo así, y se revelan tanto más profundamente cuanto más avanzan en edad. Ya no se les ve sino del interior, del interior, y se revelan tanto mejor justamente cuanto que no hay ya en ellos los prestigios de una juventud recibida y que no ha sido conquistada todavía.
Dicho de otro modo, el organismo debe transformarse, unificarse, unificarse, decantarse y hacerse cada vez más sacramento y signo vivo de una Presencia infinita.
¿El ser todo entero se hace eterno?
Es entonces la pregunta que se plantea finalmente ¿no es el ser el que se hace eterno? Sí, yo creo, creo que es todo el ser el que se hace eterno. Vemos justamente que a San Francisco ¡la muerte no le causa ningún temor!, su carne no da el menor paso atrás ante la muerte, su carne también tiende, con todo su impulso, hacia la Presencia divina de que está colmada, de que está habitada, de la que lleva los estigmas. Está tan perfectamente unificado que va todo entero hacia el Señor que habita en él. Entonces, ¿no es el ser todo entero el que se hace eterno? Eso me parece seguro, aunque haya que distinguir: hay en nosotros dos cosas muy diferentes de las que tomamos hoy conciencia más viva.
Superar las exigencias del hábitat terrestre
Supongamos que vamos a vivir en Venus, en Marte o en Júpiter que representan condiciones de vida bastante diferentes de nuestra atmósfera, aunque Marte parece más cercano de nuestras condiciones, supongamos que vamos a vivir en otro planeta cuyas condiciones en todo caso serían completamente diferentes de las de la tierra, todos los órganos de abastecimiento deberían transformarse… Los cosmonautas son obligados a llevar consigo condiciones terrestres para poder subsistir: atmósfera terrestre, oxígeno terrestre, en estado más o menos artificial, pero en fin lo que respiran es aire terrestre, porque justamente sus órganos están adaptados al ambiente de la tierra. Hay pues en nosotros toda una figuración, toda una formación orgánica calculada con miras a la tierra, quiero decir, que supone nuestra comunión de vida con la tierra. Si tuviéramos que emigrar a otros planetas, nuestros órganos deberían transformarse, y si se pudiera suprimir la nutrición en el hombre, supongamos que lleguemos a alimentarnos a partir de núcleos atómicos por ingestión directa, ya no habría necesidad de alimentarse en el sentido habitual de la palabra, ya no se necesitaría estómago, ni tubo digestivo…!
Se puede concebir que los aparatos de abastecimiento se transformen, es decir que no son ellos los que dibujan la apariencia de nuestro cuerpo, quiero decir de nuestra verdadera figura: nuestra verdadera figura se dibuja del interior como manifestación de nuestra intimidad, y de hecho cuando se ama un ser con un amor absolutamente puro, se le percibe todo entero en su unidad, hay una imagen interior. Para llegar al cuerpo, quiero decir para llegar a la unidad en su perfección, habría que hacer la sustracción de lo exigido por el medio terrestre en que vivimos.
En su esencia, el cuerpo no muere
La resurrección concierne en nosotros la posibilidad de manifestar la revelación que hace que a través de un rostro se percibe una intimidad, se penetra en el corazón de una personalidad.
Además Jesús declara que en la eternidad uno no se casa, no come, y entonces no hay que concebir la resurrección con los mismos aparatos. Estoy esquematizando, voy muy rápido, pero ven ustedes, la resurrección no implica supervivencia de los aparatos indispensables a nuestro abastecimiento terrestre que tendrían entonces otra forma si nos abastecemos en otro planeta. La resurrección concierne en nosotros la posibilidad de manifestación de la revelación que hace que a través de un rostro se percibe una intimidad, se penetra en el corazón de una personalidad. Hay pues en nosotros aparatos que pueden ser modificados y hay en nosotros cierto número, cierta música que permanece.
Su voz es cierta música, su voz corresponde a cierto número, se puede notar musicalmente el número de su voz que corresponde a las vibraciones de su laringe, esa música es su voz, puesto que es su organismo. Su cuerpo, si quieren, todas sus posibilidades de manifestaciones visibles, corresponden finalmente a esa música en el organismo como tal, que es justamente soporte, sacramento de la manifestación de nosotros mismos, y de cierta música que corresponde a cierto número, y pienso que justamente ese es el germen de la resurrección, pienso que eso no muere, que el cuerpo en su esencia no muere, si la esencia del cuerpo, es decir ese número impreso en la laringe y que la laringe, que es uno de nuestros órganos, no hace sino reproducir la música fundamental que es la del organismo donde se repercute la música de nuestra personalidad.
Todos los amores auténticos tienen promesa de eternidad
Una música, el último secreto de nuestra manifestación
Pero creo que justamente, si nos interiorizamos, si superamos los determinismos, si abrazamos todo el universo en la admiración y el respeto de nuestro amor, si lo engendramos en una paternidad y maternidad de la persona, si nos tratamos a nosotros mismos como santuario inviolable de la Presencia divina, si llegamos a ese estado de silencio en que cesamos de hacer ruido con nosotros mismos, llegamos a la música silenciosa de que habla San Juan de la Cruz y que es la más alta revelación de Dios, pero que sólo se percibe en la medida en que uno mismo se ha hecho música.
Hay en nosotros una música fundamental que es el último secreto de nuestra manifestación, de nuestra aparición, y de nuestros intercambios de unos con otros.
El cuerpo es profundamente el número, el poder de la manifestación
Pienso pues que el cadáver no es el cuerpo; el cuerpo es algo más profundo justamente, es la raíz, es el número, el número organizador de los elementos que tomamos prestados al universo y cuyo conjunto constituye nuestro cuerpo, pero la raíz de todo es el número, la música fundamental de la que creo que la muerte no puede triunfar.
El hombre vive entero si ha realizado su unidad, y en la medida en que la ha realizado, vive entero y permanece entero en todos los elementos de valor de su ser, y va a reconstruir justamente independientemente de toda especie de dependencia respecto del universo material del que se ha liberado, va a reconstruir un poder de manifestación que podrá ser diferente según los lugares y según los seres a quienes tendrá que manifestarse.
Estar vivo con todo su ser por la música fundamental que es nuesra verdadera identidad
Si quieren, Nuestro Señor se apareció a los Apóstoles bajo la forma como ellos necesitaban. Inclusive comió, según los relatos evangélicos, comió delante de ellos, aunque estaba dispensado de la necesidad de comer. Entonces la aparición no nos permite concluir que Nuestro Señor está en el cielo con las apariencias materiales que tenemos tentación de darle tanto más cuanto que el cielo es una realidad interior.
El cuerpo humano y todos sus sistemas de elementos visibles unidos a una música fundamental constituyen un secreto que percibimos, que veneramos, que alcanzamos… cuando somos totalmente ofrenda, respeto y don, y que esa música fundamental que es nuestra verdadera identidad sobrevive y permanece para siempre.
Si vive ciertamente en todo Su ser, no es necesario que sea bajo la forma fenomenológica con la que estamos acostumbrados en nuestras relaciones cotidianas de unos con otros, es necesario siempre interiorizar nuestras relaciones, y como finalmente nos encontramos unos con otros en las profundidades en que se comunica Dios, hay que considerar que lo que llamamos el cuerpo humano y todos sus sistemas de elementos visibles unidos a una música fundamental, constituyen un secreto, un secreto que adivinamos, que percibimos, que veneramos, que amamos, que alcanzamos justamente cuando rehusamos toda posesión, cuando somos totalmente ofrenda, respeto y don, y que esa música fundamental que es nuestra verdadera identidad, sobrevive y permanece para siempre.
Eso quiere decir que las personas que amamos en la profundidad de un amor verdadero, puro, desinteresado, dirigido en ellas a lo que es su valor esencial, quiere decir que ese amor permanece, permanece y encuentra siempre la misma realidad que era percibida y encontrada aquí abajo en las horas estrelladas en que hemos realmente comunicado unos con otros.
La verdadera muerte
Estamos en un régimen de creación, de creación eterna, y no es posible considerar que haya un fin… pues el hombre comienza donde comienza la liberación cuando ya no está bajo el yugo de los determinismos.
Estamos, pues, en un régimen de creación, de creación eterna, y no es posible considerar que haya un fin en la medida precisamente en que uno ha alcanzado en el ser humano su realidad humana, porque el hombre comienza donde comienza la liberación cuando ya no está bajo el yugo de los determinismos, cuando el ruido se ha convertido en música, cuando todas las vibraciones están interiorizadas, cuando el rostro mismo es percibido del interior, como portador de una Presencia infinita.
Hay pues toda una experiencia de la muerte que debemos hacer, que podemos hacer, pues la verdadera muerte está en rehusar existir, la verdadera muerte está en no crearse, la verdadera muerte está en no hacerse hombre.
El último grado de la libertad
El último grado de la libertad es dejar de depender del universo, vivir en él pero sin depender de él.
Cuando uno se hace hombre, cuando uno se supera, cuando se interioriza, cuando uno respeta en sí el Santuario de la Presencia infinita, uno comienza a vivir y todas las fibras del ser viven de la misma vida que es finalmente una vida eterna y la muerte es simplemente la única manifestación cierta, es decir a la que nos debemos preparar, no porque es algo terrible sino porque es el último grado de la libertad: el último grado de la libertad es dejar de depender más del universo, vivir en él sin depender de él.
Nuestro Señor no se fue para otra parte, el cielo no está allá arriba, el cielo es justamente donde la vida está enteramente liberada y se concentra en un solo punto, en un solo hogar en que todo está reunido en la respiración de un amor infinito. Por eso la vida no puede ser sino una victoria perpetua sobre la muerte y entonces un enraizamiento cada vez más profundo de lo eterno.
Los amores auténticos tienen promesa de eternidad
Por eso todos los amores, todos los amores auténticos, tienen promesa de eternidad. No hay separación en la medida en que la unidad se ha constituido en el centro y en el intercambio de Dios y eso es justamente nuestra verdadera consolación ante la muerte de los que amamos, que no están allá en otra parte sino en lo más profundo de lo más profundo de nosotros mismos, donde está Dios. Como hemos llegado a ellos en Dios, ¡podemos reunirnos con ellos en El! ¡Como los amábamos en Dios, seguimos amándolos en El! ¡Como nos habíamos intercambiado en Dios, seguimos intercambiándonos en Dios.
En este mundo es posible amar sin fin, amar más y más porque podemos crecer en el Amor y ayudar a los que están detrás del velo, pero dentro de nosotros. Podemos ayudarles a seguir creciendo en el amor, en la medida en que crecemos nosotros mismos. ¡Eso no tiene fin!
Nada está definitivamente terminado, todo comienza más bien, todo comienza en el centro interior, y es posible amar en este mundo, amar, amar sin fin, y amar mejor, amar cada vez más porque se puede crecer en el Amor y porque se puede ayudar a los que están detrás del velo pero dentro de nosotros. Podemos ayudarles a seguir creciendo en el amor, en la medida en que crecemos nosotros mismos. Eso no tiene fin, ¡eso no tiene fin!
Revivir en Dios cada vez más intensamente las presencias amadas
La eternidad no es estática, es movimiento continuo de profundización, de ascensión y amor.
La eternidad no es estática, es movimiento continuo de profundización, de ascensión y amor. Es lo que deseamos considerar esta noche, y pedimos para nuestros amigos la gracia de esta consolación suprema, como para todos los que son heridos por el duelo, la consolación suprema de poder revivir en Dios cada vez más intensamente las presencias amadas que además no pudimos encontrar íntimamente sino en El, y que no dejaremos nunca de encontrar en El en lo más profundo de nosotros mismos ya que “el cielo es el alma del justo”.
Entonces, si están de acuerdo, para unirnos a las víctimas del Minerva y a todas las víctimas de todas las guerras, en Vietnam o en otras partes, vamos a pedir al Señor que los una en su Amor…
Padre nuestro… Dios te salve María…
« ¡Dales, Señor, el descanso eterno y que brille para ellos la luz eterna! »
« Oh Dios, Dios de los vivos, Tú en quien todo es Vida, únenos al corazón de la luz, escóndenos en la inmensidad de Tu Amor, y ¡haznos comulgar en Ti que eres la Vida de nuestra vida, con todos los que amamos plenamente en Ti! »
(1) Comentario: Comunicar a Dios, P. Paul Debains. Entonces recuerdo la cuestión del intercambio de Dios que, según Zúndel es el único que nos inmortaliza. ¿Qué quiere decir « comunicar a Dios »? ¿Lo hacíamos entonces? ¿Lo hacemos hoy? ¿En cuántos seminarios u órdenes religiosas se plantea a veces esta pregunta? Probablemente en ninguno. ¿Vendrá una época en que hayamos aprendido juntos a comunicar a Dios para inmortalizarnos?
Hay que decir inmediatamente que no se trata de un intercambio de palabras, aunque éste pueda permitirlo en alto grado y favorecerlo. Para ser apto a ese intercambio de Dios, se trata esencialmente de estar vacío de sí mismo no por amor del vacío, de lo que tiene horror la naturaleza, sino que el vacío se hace de modo que el Dios Trinidad tome en nosotros todo el lugar, para que el Padre pueda fácilmente hacer nacer en nosotros al Hijo y hacer surgir de nosotros el Espíritu.
La pregunta vuelve entonces: ¿Y cómo hacer el vacío en sí? Esencialmente preocupándonos de los demás, del Otro divino, preocupándonos del otro humano. Todo está en la calidad de nuestra presencia a los demás humanos, primero al más cercano de nosotros. Queda uno estupefacto cuando Zúndel nos dice que el Universo entero es informado, es en cierto modo perturbado o restaurado por cada una de nuestras acciones, por cada comportamiento y actitud cotidianos. Le gustaba repetir las palabras de Elisabeth Leseur, desconocida completamente para mí fuera de esa cita. Ella decía: “Toda alma que se eleva, eleva el mundo entero; toda alma que se rebaja, rebaja el mundo entero.
¿Llegará a nuestro mundo una época en que varios grupos, y luego muchos más, se hagan la pregunta: ¿cómo podemos comunicar a Dios… para inmortalizarnos? ¿Y trataremos de responder o tratarán de hacerlo?
Comunicar a Dios es primero una calidad de presencia. No podemos comunicar a Dios sino cuando en la oración cotidiana cultivamos la presencia a Dios en los demás, y a los demás en Dios, con la calidad incomparable del amor verdadero, siempre en forma de don, y sus numerosas maneras de realizarse, siempre o casi, en atenciones mínimas y muy sencillas.
Para llegar a tal comunión es necesario primero decantarse, recrearse, nacer de nuevo, es necesario hacerse hombre.” “El bautismo sacramental es siempre una invitación en este sentido.”
(2) El Universo se puede transformar en la medida en que nos liberamos. Es capital la importancia de la paternidad y la maternidad de la persona, porque la persona es un centro universal. No se puede engendrar una persona sin desapropiarse de sí mismo. Todo eso supone una transfiguración progresiva de sí mismo, una interiorización de todo nuestro ser y por consiguiente también una transfiguración de nuestro cuerpo. En la medida en que interiorizamos la vida orgánica por medio de la sobriedad y la castidad, nos liberamos de la muerte…