27-30/09/2017 – « Dixit pater familias »

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27/09/2017 septembre 2017

Homilía de M. Zúndel en la Iglesia San José (Ginebra).

Resumen: El lenguaje tiene acentos, música, está aparentado con el dominio de los signos, sugiere lo inefable. Dentro de sus límites, el sistema de toda palabra consiste en unirse a Dios en la Palabra que es una Persona. La liturgia cristiana se apoya en el canto; la salmodia escucha más que canta, para dejar que Dios se exprese. El oficio de hombre es hacer frente único de buenas voluntades contra todo lo que hace la vida indigna del hombre y de Dios. Es darse a la luz que está en nosotros, realizar la vocación que es espiritual.

“El dueño dijo a sus obreros: “¿Por qué están ahí todo el día sin trabajar?” –Ellos le respondieron: “es que nadie nos ha contratado.” Él les dijo:”Vayan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo que sea justo” (Mt. 20:6-7).

El acento del lenguaje, su música y sus signos

Las palabras no son los únicos elementos del lenguaje. No es menos importante el acento que los organiza y los transforma continuamente, según los estados anímicos, comunicándoles algo de nuestra vida. Detrás de cada palabra hay una persona. Y cuando las palabras quisieran ocultarla, el acento manifestaría en seguida su existencia y su orientación.

El lenguaje conlleva siempre cierta música que modula su contorno en el sentido de nuestra personalidad. Las palabras tienen cierto aire que revela algo que no decirnos… y que es probablemente lo esencial.

Más allá de lo que decimos está lo que somos. Por eso el lenguaje conlleva siempre cierta música que modula su contorno en el sentido de nuestra personalidad. Las palabras tienen cierto aire que revela algo que no decimos, que no podemos decir, algo que nadie puede decir, y que es probablemente lo esencial. Las palabras son inductores de corriente, más que vehículos de nociones. Introducen en nosotros algún aspecto del universo y tienen a modificar nuestra actitud hacia él. Lo que queda realmente de una conversación es mucho más de lo que podemos repetir, son los cambios que provoca en nosotros.

Las palabras se repercuten y se difunden en nosotros como una piedra arrojada en el agua dibuja una serie de ondas cuyos círculos van creciendo hasta agotarse. El lenguaje está así emparentado con el reino de los signos que constituye la realidad profunda del mundo sensible en que cada uno aspira “más allá”.

El lenguaje sugiere lo inefable

El lenguaje es tan cercano de la música que es la lengua de lo inefable…. La música utiliza a voluntad y amplifica el efecto del acento que restituye al lenguaje lo que la abstracción haya podido hacerle perder faire de vibraciones vivas y vivificantes.

El lenguaje es sin duda más preciso y más capaz de orientar la mente en determinada dirección, pero su vocación propia es finalmente sugerir, inducir lo que no se puede decir: lo inefable que es la verdadera realidad. Como ustedes lo saben, una conversación los desanima o los refuerza, provoca siempre en ustedes una impresión de placer o de aburrimiento, tan ligera como pueda ser su huella.

Ustedes saben que una palabra escuchada puede suscitar a veces una verdadera afluencia de tinieblas, o al contrario, encender una luz que nunca se apague. Pero siempre lo que no se dice es lo importante de lo que decimos, el Aura, la atmósfera, toda la noche o la claridad que dejamos entrar.

Por eso el lenguaje es tan cercano de la música que es el lenguaje de lo inefable. Por eso la Palabra se vuelve tan fácilmente canto, para que las palabras, insertadas en su propia corriente, en continuidad con su fuente, broten con toda su fuerza dinámica, con todo su poder de conmover. La música utiliza a voluntad y amplifica el efecto del acento que restituye al lenguaje lo que la abstracción haya podido hacerle perder de vibraciones concretas, de pulsaciones vivas y vivificantes.

El lenguaje humano y la Palabra

Por eso la liturgia cristiana no podía privarse del concurso de la música y en especial del apoyo del canto, ya que busca esencialmente ponernos en contacto con la Palabra eterna que creó los mundos, por la que todo fue hecho, y sin la cual nada ha sido hecho y que se hizo carne y habitó entre nosotros.

El sistema de toda palabra consiste justamente en unirse a la Palabra que es una Persona, infinitamente más allá de todo lo que esa palabra pueda significar en nuestra lengua – la Persona del Hijo único.

No consiste toda palabra justamente en unirse a la Palabra y conservar su rastro, Palabra que es una Persona, infinitamente más allá de todo lo que esa palabra pueda significar en nuestra lengua – la Persona del Hijo único, en el seno del Padre.

Cómo podría el lenguaje humano expresar esa Palabra sin sentir a cada instante la herida de sus límites, sin sentir la necesidad incoercible del aleteo que arrastra la golondrina en el encanto embriagado de un raudo vuelo hacia las regiones más cercanas del sol.

En la Biblia las palabras se hacen sacramentos

Pero ante todo ese lenguaje deberá haber pasado por el fuego y la música haber recibido el bautismo del Espíritu. Porque lo que cantamos son las palabras de la Escritura y nuestra oración es oración bíblica. Y si en cualquier escrito las palabras tienen valor de signos y símbolos, en la biblia las palabras se hacen sacramentos. Aquí tenemos la clave de toda interpretación. La biblia está en el tercer orden de Pascal, que es el orden de la caridad, al cual solo tiene acceso la caridad que se enraíza en la fe. ¿No es lo que expresa divinamente bien el autor de la Imitación poniendo en relación estrecha el banquee eucarístico y el banquete de las Escrituras? ¡Qué importa que el trigo sea de más o menos buena calidad, que haya crecido bajo un clima u otro, que haya sido preparado y horneado conforme a todas las buenas prácticas del oficio, o que lleve las huellas evidentes de negligencias cometidas!

La Escritura es una Persona. La Escritura es Jesús. Antes, y después de su venida, está llena de él. Antes, era la noche en marcha hacia la aurora. Después, es el cielo encendido con luces de medio día.

¿Se alimenta el alma de apariencias? ¿No está su mirada orientada hacia el único Señor que viene a ella bajo el velo del pan? Así también la Escritura vuelve hacia nosotros el rostro de una Persona. Cuántas veces no hemos hecho la experiencia al leer en el misal los textos cuyo contorno apenas sí lo percibíamos, cuyo sentido literal nos quedaba oculto, y sin embargo el corazón ardía con un encuentro misterioso. La Escritura es una Persona, la Escritura es Jesús. Antes, y después de su venida, está llena de él. Antes, era la noche en marcha hacia la aurora. Después, es el cielo encendido con luces del medio día.

Por eso la piedad cristiana siempre se ha sentido tan perfectamente cómoda en el Antiguo Testamento en el cual cada escena es un vitral en que brilla la luz de un mismo sol y del que cada una de las páginas hace parte de un conjunto dinámico en marcha hacia Cristo. Por eso igualmente acabamos de cantar los salmos varios de los cuales expresan una esperanza mesiánica que tanto ha sido superada por los acontecimientos que sería sin sentido decirlos hoy si la luz del Espíritu no revelara su orientación crística más allá de las palabras. Así es siempre: la Escritura solo se comprende de rodillas, en la medida en que nos alimentamos de ella, en que recogemos en el corazón la corriente secreta que levanta todo el follaje en una aspiración incoercible hacia el rostro de fiesta de Cristo Jesús. El verdadero sentido de la Escritura está siempre más allá: más allá de las palabras, de las nociones y de los acontecimientos que son otras tantas formas eucarísticas en que descubre la fe la Presencia del único.

La salmodia

Se sabe muy bien que jamás expresaremos a Dios y que lo importante es dejarlo expresarse en los abismos de silencio en que su Verbo es engendrado. Por eso la salmodia escucha aún más que canta.

Es pues natural que la presentación pública de los textos haya tomado la figura del canto y que la música haya tratado de traducir la atmósfera divina que cubre las palabras. Y no hay duda alguna de que la salmodia representa la más notable de esos ensayos. Encontró el secreto para abrir las palabras sin disipar el espíritu, de encadenar los sonidos sin herir el silencio, de recoger el alma en su intimidad, en la oración pás personal y de reunirla con el alma de los demás en una oración pública, de ofrecer al hombre la fórmula más emocionante de sus necesidades en una súplica que las supera para terminar en alabanza en los gemidos inenarrables del Espíritu.

Nada es más humilde y sencillo, más sublime y gratuito, más dinámico y contemplativo. No hay sobresaltos, ni exaltación, ni la menor tentativa de efecto, ni la más pequeña mirada hacia sí mismo. Se sabe muy bien que jamás expresaremos a Dios y que lo importante es dejarlo expresarse en los abismos del silencio en que su Verbo es engendrado.

Por eso la salmodia escucha, aún más que canta. El cuerpo, es verdad, toma parte en esta obra de alabanza. Una parte que lo eleva sin exaltarlo, que lo ocupa sin disiparlo, que lo apacigua sin relajarlo. Pero mientras la voz se adapta al texto, el alma se entrega al Espíritu. Y solo Dios sabe lo que puede realizarse en esos encuentros. La aparente monotonía de la expresión refuerza aún la interioridad del acento, la reserva suprema de la fe y el pudor divino del Amor.

La salmodia es, en el sentido más alto de la palabra, una música espiritual, una música interior, humana y divina a la vez, sobrenatural y mística – una acción en el fondo inseparable de la Eucaristía – un sacramento por el cual se realiza la oración de Cristo en la Iglesia, para la gloria del Padre y la salvación del mundo.

La oración universal, frente de buenas voluntades

¿Cómo podría una sola alma permanecer extranjera a esta intercesión, estar excluida de esa oración que es la oración católica, es decir universal? Y cómo no saltar de gozo y esperanza pensando que en esta hora resuenan los mismos textos o textos semejantes sacados del mismo Libro, en todos los monasterios y todas las catedrales, ortodoxas o anglicanas, y son cantados en los templos de las cristiandades protestantes, mientras que los hermanos israelitas los repiten todavía bajo los muros de Sión en la lengua de sus Padres que son también los nuestros.

Así se realiza ya el ecumenismo de la oración y la unidad interior es la promesa y el inicio de una unidad más visible.

Pero no podemos olvidar ni los innumerables pueblos formados por el islam, el brahmanismo y el budismo, ni ninguno de los aislados que no pertenecen a ninguna iglesia, que no pertenecen a ninguna denominación pero que no están por eso menos llamados que sus hermanos – y que son ya a menudo hijos del Espíritu. Muchos de ellos sufren de la dispersión que condena a una dispersión estéril las energías humanas, muchos desean una alianza de todas las fuerzas espirituales, un frente único de todas las buenas voluntades contra todo lo que hace la vida indigna del hombre e indigna de Dios, muchos esperan un solo llamado para responder: ¡Presente!

Quera Dios que sientan cuan nuestras son esas preocupaciones y que nosotros consideramos la desunión como pecado en el que tenemos una gran parte de responsabilidad. Y que nos permitan recordarles que, según la enseñanza de Jesús, la buena voluntad es el único elemento rigurosamente indispensable para la redención del hombre y de la humanidad.

Cumplir el papel de hombre

Es por el interior, por un aumento de vida espiritual de cada uno, como se realizará la unidad a la cual todos aspiramos. Porque el Reino de Dios está dentro de nosotros.

Si cada uno de nosotros se da, a cada paso, a la luz que está en él,, si hace la verdad, si se aferra con todas sus fuerzas , tanto en su patria como en su hogar a hacer prevalecer en todas su empresas privadas y públicas, en su patria como en su hogar, en sus relaciones consigo mismo y en sus relaciones con los demás, lo que con toda sinceridad cree ser el punto de vista del Espíritu, cumple en cuanto le es posible su papel de hombre y ofrece la colaboración más fecunda y necesaria al advenimiento del Reino de Dios porque Dios es Espíritu y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.

Para terminar, lo que decidirá del porvenir de la humanidad es lo que cada uno haya resuelto en lo más íntimo de su conciencia. “Toda alma que se eleva eleva el mundo.”

Es por el interior, por un aumento de vida espiritual en cada uno como se realizará la unidad a la que todos aspiramos. Porque el Reino de Dios está dentro de nosotros. Por eso todos están llamados en la antigua antífona del Magníficat que vamos a cantar, en la cual podemos escuchar la queja dolorosa de todos los desempleados, y la queja aún más dolorosa de los que han perdido la fe en el precio de la vida y se preguntan qué valor puede tener su existencia y qué importancia sus esfuerzos.

“El dueño dijo a sus obreros: “¿Por qué están ahí todo el día sin trabajar?” –Ellos le respondieron: “es que nadie nos ha contratado.” Él les dijo:”Vayan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo que sea justo.

El objetivo de la vida

El objetivo de la vida es realizar plenamente la vocación espiritual del hombre, que es hacerse hijo de Dios.

El objetivo de la vida no es producir sin cesar nuevas riquezas exteriores, tan útiles, necesarias, obligatorias y urgentes como puedan ser, y que sean en efecto la mejoramiento del destino de la mayoría. El fin de la vida es realizar plenamente la vocación espiritual del hombre, que es hacerse hijo de Dios.

Por eso, lo que hace imprescriptible la dignidad del hombre, lo que hace de la esclavitud una vergüenza, de la guerra una locura, y del egoísmo bajo toda forma una traición, es que todo ser humano, así tenga una hora de nacido o esté alienado desde siempre, tiene una capacidad ilimitada de respuesta al Amor infinito que nos creó para hacernos seres de Amor a su imagen y semejanza y nos dio este único mandamiento, sellado con la sangre del Hijo único: Diliges, Amarás.