19-24/08/2017 – Las dos vertientes de la religión: la dependencia y la libertad

19/08/2017
août 2017

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1ª conferencia de M. Zúndel en Ginebra, en el retiro del 26 de enero de 1975. Ya publicada en nuestro sitio del 19 al 21 de mayo de 2008. Se añadieron títulos y apartados y la traducción fue revisada y mejorada.

Resumen: la fe, comporta dos vertientes: el de la dependencia y el de la libertad. La experiencia de la libertad se armoniza mejor con las aspiraciones actuales que la de la dependencia de un dios exterior al mundo, rechazada bien que no seamos dueños de nuestra vida. La Trinidad Divina nos pone ante una personalización que n os revela el sentido de nuestra propia personalidad. No podemos encontrar a Dios sino en el corazón de nuestra autonomía y como fundamento y fermento esencial de nuestra libertad. La libertad auténtica es ser libre de sí mismo, no padecerse; es surgir en total novedad, en una mirada de amor hacia el Dios que nos habita y que es el secreto último de nuestra intimidad. La experiencia de la dependencia es innegable pero es superada por la experiencia de la liberación.

El hombre siente su dependencia pero la rechaza en nombre de su autonomía y de su inviolabilidad

Nuestra vida no está en nuestras manos

La religión, o si prefieren, la fe, comporta dos vertientes: el de la dependencia y el de la libertad.

Podemos hacer la experiencia de la dependencia a cada segundo ya que no sabemos por qué seguimos en vida: a cada segundo podemos ser víctima de un infarto o de una hemorragia cerebral sin que nada nos lo anuncie, inclusive al salir de una consulta médica que nos garantizaba que todo estaba en orden perfecto. Seguimos viviendo pero no sabemos si dentro de un segundo no moriremos, comprobamos pues de la manera más evidente que la vida no está en nuestras manos, que ella depende de otra cosa o de Algún Otro.

Esta experiencia se multiplica, se ramifica infinitamente, porque el hombre no está solamente confrontado con la muerte que lleva dentro de sí mismo, sino que está confrontado con las fuerzas de la naturaleza, con la tempestad, con la tormenta, con el rayo, con el maremoto, con el volcán, con el terremoto, con el tifón, con la sequía o la inundación, está pues rodeado de peligros a los que no puede hacer frente por sí mismo, que están por encima de sus fuerzas y arriesgan continuamente aniquilarlo.

Además de los peligros provenientes de la naturaleza, los que provienen del hombre, la inseguridad en las grandes rutas donde puede ser asesinado, la inseguridad proveniente de los vecinos que pueden invadirnos ya que la historia está plagada de campos de batallas en que cada uno trata de trazar fronteras seguras con la sangre de los demás y la propia.

Una dependencia total que induce terror sagrado

Entonces el hombre se siente embaucado por una red de dependencias ilimitada que le da el sentimiento de que, en todos los aspectos, su vida no está en sus manos, que depende del universo y que depende finalmente de Alguien. Al menos bajo este aspecto se puede vivir y se ha vivido la religión – y la viven todavía gran número de creyentes de toda confesión. Recuerden la escena del capítulo 20 del libro del Éxodo después de la promulgación del Decálogo, con truenos, relámpagos, sonidos de trompeta y la montaña humeante, todo el pueblo tembló de miedo y se quedó a distancia, y decían a Moisés: “¡Háblanos tú y te escucharemos, pero que no nos hable Dios porque moriremos!” (Ex. 20,19).

Moisés respondió al pueblo: “No temáis nada. Dios vino para poneros a prueba y para que, teniendo presente su temor, no pequéis.” (Ex. 20,20). El pueblo se mantuvo a distancia y Moisés se acercó a la nube oscura donde estaba Dios.

En ese terror sagrado sentimos una dependencia total porque el que habla en la montaña y viene a dar las tablas de la Ley podría aplastar al pueblo en un instante, ya que el pueblo es incapaz de asegurar por sí mismo su propia subsistencia y su continuidad.

La dependencia es el fundamento de la veneración temerosa de los dioses

No podríamos rechazar una experiencia tan profunda como la de la dependencia como fundamento de veneración ante la o las divinidades en cuyas manos está el hombre hasta el punto de no poder hacer frente por sí solo.

Es entonces cierto que bajo cierto aspecto la religión procede de una experiencia de dependencia que podemos hacer y que es imposible negar, y, en la medida en que el hombre hace la experiencia de Dios de esta manera, como Alguien de quien depende esencialmente, se comprende que sienta hacia él una reverencia mezclada de temor y que sólo pueda estar ante él en actitud de suplicación para obtener la ayuda indispensable para seguir viviendo.

En la fe popular, es decir menos esclarecida, encontramos ese elemento. Recuerdan ustedes las palabras del campesino que veía durante seis semanas caer la lluvia sobre sus sembrados que estaban podridos, perdidos, y no pudo retener el grito: “¡No menciono a nadie, pero da asco!” No menciono a nadie, es evidentemente una alusión discreta al buen Dios que puede enviar la lluvia o el sol, pero contra el cual no se quiere blasfemar nombrándolo, pero uno no puede dejar de manifestar la queja viendo destruidas sus cosechas.

Por consiguiente no podemos rehusar una experiencia tan profunda, tan antigua, tan universal como la de la dependencia como fundamento del “numen” (1), de la especie de veneración delante de la o las divinidades en cuyas manos está el hombre, hasta el punto de no poder hacer frente por sí solo.

Hay otra experiencia y es la de la libertad. Y esto es lo que puede tocarnos profunda­mente y lo que mejor concuerda con los problemas de hoy.

La experiencia de la libertad, el tipo que mejor la representa me parece ser Nietzsche. Nietzsche que aceptaría que el hombre crea a Dios creando el superhombre y superándose sin cesar, pero no puede aceptar que Dios cree al hombre porque tal creación, si fuera real, si realmente el hombre fuera criatura de Dios, tal creación destruiría hasta el sentido del hombre.

Ustedes recuerdan los dos aforismos tan citados: “¿Si hubiera dioses, qué nos quedaría por hacer?” ¡Todo estaría hecho si los dioses intervienen en la historia del mundo, si son todopoderosos, y si saben todo! Entonces, ellos deciden de todo y el hombre ya no decide de nada, su vida está escrita de antemano, su historia terminada, no es sino una marioneta en las manos de un destino que se burla de él. Ya no queda nada por hacer porque todo está hecho. La vida pierde su sabor, ya no puede ser una aventura.

¿Un Dios no viola nuestra autonomía y destruye nuestra libertad?

En el sentido de Nietzsche, si hubiera dioses violarían la autonomía humana, destruirían la libertad y serían enemigos del espíritu.

Y el otro aforismo es: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportar yo no ser dios?” “En efecto, ¿porqué él y no yo”? Este aforismo hay que entenderlo bien. Procede de una toma de conciencia aguda de la autonomía del hombre y de la inviolabilidad de la libertad humana, yendo si quieren hasta el final de una toma de conciencia de que el hombre es espíritu: si el hombre es espíritu, nadie puede forzar su intimidad, si el hombre es espíritu, nadie puede obligarlo y, si hubiera dioses, siempre en el sentido de Nietzsche, si hubiera dioses violarían la autonomía, destruirían la libertad, serían enemigos del espíritu.

Nietzsche cita este diálogo entre una niña y su mamá: “¡Pon cuidado! ¡Estás bajo la mirada de Dios, Dios lo ve todo, tú no puedes ocultarte de Él!” Y la pequeña le responde: “¡Qué indecencia!” Tanto siente ella que esa mirada de Dios que penetra su intimidad es una especie de violación inaceptable. Eso lo expresa Nietzsche precisamente con estas palabras: “Si hubiera dioses, ¡cómo soportaría yo no ser Dios!” Claro que todo depende de la manera como lo experimentamos, como vivimos nuestra experiencia.

Rechazo de dependencia respecto de cualquiera o de un dios exterior

¡Esa es nuestra situación, ese es nuestro problema: un rechazo absoluto de depender de cualquiera y de un dios exterior al mundo al que jamás nadie ha visto, en nombre de una autonomía que no quiere ningún límite!

El hombre invadido por el miedo, el hombre que tiene miedo, el hombre que se siente inmediatamente amenazado, el hombre cuyo avión va a caer, el hombre cuya nave va a naufragar, en hombre en fin que no puede contar más con sus recursos para salir de un peligro, invocará naturalmente un dios que pueda liberarlo y bajo cuya dependencia se colocará totalmente durante el tiempo que dure el peligro, a fin de poder escapar. Al contrario, el que no está en peligro urgente, el que beneficia de una situación suficiente, el que no tiene que calcular para que le alcance el dinero, el que está en un medio en que su inteligencia puede desarrollarse, el que además de gozar de gran influencia – pienso en Nietzsche, profesor, y en sus estudiantes – podrá ser totalmente insensible a la experiencia de la autonomía, pero si la experiencia misma de la autonomía que resume el sentido de sus reivindicaciones, podrá colocarse sobre su terreno ya que entonces esa es para él la única manera de abordar la realidad.

Se podría decir claro está que hoy estamos ante una degradación infinita del pensamiento de Nietzsche. Se podría decir que ésa es nuestra situación, que ése es nuestro problema: un rechazo absoluto de depender de nadie y, desde luego, de un dios exterior al mundo y al que nadie ha visto jamás, en nombre de una autonomía que no quiere ningún límite. Soy libre de hacer lo que quiero y nadie tiene derecho a imponerme limitaciones. Para Nietzsche claro está la autonomía no tenía este sentido ya que él consideraba una creación incesante en que el hombre no deja de desplazarse tendiendo siempre hacia el superhombre que llegará finalmente a ser un dios salido del hombre. Pero si estamos en un nivel mucho más bajo, es cierto que el rechazo de dependencia ilustra bien la situación en que nos encontramos, expresa bien el rechazo general y la oposición universal.

Dios, no podemos encontrarlo sino en el corazón de nuestra autonomía y como fermento esencial de nuestra libertad

El hombre que tiene el sentido del espíritu rechaza a dependencia

El hombre que tiene el sentido del espíritu… no puede aceptar una dependencia que sería negación de la autonomía… Sin la Revelación que es Cristo no habría solución alguna… La Trinidad divina nos pone ante una personalización que nos revela el sentido de nuestra propia personalidad.

Además no hay duda de que el hombre que tiene el sentido del espíritu, que hace la experiencia del espíritu, que tiene pues sentido de la dignidad humana como realidad inviolable, tampoco hay duda de que no puede aceptar una dependencia que sería la negación de la autonomía, a no ser cuando caiga gravemente enfermo, cuando esté al bordo de la muerte, entonces podrá cambiar de opinión, pero mientras esté de salud normal, mientras su actividad responda a sus justas ambiciones, querrá precisamente afirmar la libertad sin ningún límite reivindi­cán­dola contra todos los hombres y contra un dios que además no puede existir para él ya que sería la negación misma de la autonomía y de la libertad (2).

Es cierto que sin Cristo, sin la Revelación aportada por Cristo, sin la Revelación que es Cristo no habría solución. Habría por un lado quizás, un rebaño cada vez menos numeroso de gente que tiene miedo y siente la dependencia y la reconoce buscando refugio en prácticas que los tranquilizan, y luego una masa cada vez más grande de gente que reclama ser adultos ante el universo y ante Dios, suponiendo que exista, y que rehusará entonces absolutamente el yugo de toda autoridad.

Digo pues que la respuesta sería imposible, o más bien que la solución sería imposible si Cristo no hubiera traído la Luz infinita sobre Dios y sobre nosotros. En efecto, en el corazón del Evangelio está la revelación de la filiación divina y por tanto de la paternidad divina, y entonces, finalmente, de la Trinidad Divina, en nombre de la cual deben ser bautizadas todas las naciones. Y la Trinidad Divina es justamente la solución, única e incomparable porque la Trinidad Divina nos pone frente a un personalismo, una personalización que nos revela el sentido de nuestra propia personalidad.

La objeción mayor de Nietzsche

Un poder exterior a mí que puede aplastarme representa algo monstruoso e inmoral… Si una presencia divina se revela como desapropiación, como pobreza…, entonces estamos en el corazón de la vida del espíritu.

Ya lo he dicho mil veces, pero se puede volver a decir en esta ocasión: es evidente que la objeción mayor, la que Nietzsche formula con tanta pasión, tanto odio contra el cristianismo, la objeción mayor es que esa especie de gran propietario, esa potencia exterior a mí mismo y que me puede aplastar, representa algo monstruoso e inmoral para la dignidad de mi mente.

Si, al contrario, la potencia divina, la presencia divina se revela como desapropiación, como pobreza, como despojamiento total, como inocencia infinita, como libertad inconmensurable, quiero decir libertad respecto de sí mismo, si Dios no puede llegar a sí mismo sino comunicándose, si toda posesión es excluida, si Dios es pura transparencia, si no es más que comunión de amor, del Padre en el Hijo en el abrazo del Espíritu Santo, entonces estamos precisamente en el corazón de la vida del espíritu.

Entonces ¿qué es el espíritu? Tendremos ocasión de volver sobre ello – ¿pero que es el espíritu sino justamente un ser inviolable, inviolable para sí mismo y para los demás? ¿Qué es el Espíritu sino un ser que es capaz de no sufrir su existencia y hacer de ella una ofrenda de amor?

Hay, ¿no es cierto? una distancia enorme entre la visión del Sinaí que evocaba hace un instante a partir del texto bíblico: “¡Que no nos hable Dios porque moriremos!” (Ex. 20,19), hay una distancia inmensa entre esta visión de Dios cuya vista hace morir Y la pobreza divina absoluta, la libertad infinita en que Dios aparece como el Espíritu que sólo puede suscitar el espíritu, que no puede sino respetar el espíritu, que no puede querer sino un Universo-espíritu, y que no puede sino reconocer la inviolabilidad de nuestro espíritu.

Si Dios no está aferrado a sí mismo, si subsiste en un concierto de relaciones (Trinidad)…, si la en Dios la toma de conciencia es una mirada hacia el Otro y jamás una mirada hacia sí mismo, estamos en la cumbre de la libertad.

En efecto, si Dios no está centrado sobre Sí mismo, si subsiste en un concierto de relación que va del Padre al Hijo, y del Padre y del Hijo al Espíritu Santo, y recíprocamente, si la toma de conciencia en Dios, si se puede decir, es una mirada hacia el Otro y jamás una mirada hacia Sí mismo, estamos en la cumbre de la libertad.

El concepto de autonomía exige une decantación radical

La dignidad es interior al hombre, [la reconocemos] en la medida en que el hombre realiza en él un bien universal, por un amor sin fronteras que no puede surgir sino ante un Bien él mismo infinito que es el Dios Vivo, oculto en lo más profundo de nosotros mismos.

Y descubrimos al mismo tiempo que la reivindicación de autonomía que profesamos y que Nietzsche expresa con tanta pasión, que esa reivindicación de autonomía exige una decantación radical del concepto mismo, de la idea misma de autonomía. Pues ¿porqué sería yo una dignidad inviolable, porqué podría exigir respeto del mundo entero hacia mi propia intimidad si no fuera una riqueza para el mundo entero, si no fuera un bien universal? ¿Y cómo ser bien universal sino vaciándome precisamente de todos mis límites, de todas mis obscuridades, de todas mis opciones pasionales, de todo lo que me impide ser espacio de luz y de amor donde toda criatura se sienta acogida?

Como el despojamiento de la Trinidad, la Pobreza súper-esencial que percibió San Francisco, que la amó, la cantó con tanto fervor y tanto amor, esa Pobreza nos esclarece sobre el sentido mismo de nuestra personalidad. Teníamos tentación de confundirla con la reivindicación del yo animal, o posesivo, oponiéndonos a los demás con una frontera infranqueable, pero eso no tiene sentido. Es evidente que la dignidad humana la que reconocemos cuando un ser es ultrajado, pisoteado o ignorado voluntariamente, la dignidad humana que es la suya, entonces sentimos que en efecto la dignidad no depende de una situación, porque uno puede estar prisionero, uno puede ser flagelado, ¡uno puede ser crucificado y conservar su dignidad! la dignidad es interior al hombre en la medida justamente en que el hombre realiza en sí mismo un bien universal mediante un amor sin fronteras que no puede brotar sino en frente a un Bien igualmente infinito que es el Dios Vivo, escondido en lo más profundo de nosotros mismos.

El Dios ante el cual tiembla la multitud al pie del Sinaí es un Dios exterior, un Dios que no es el secreto de la intimidad humana. Al contrario, el Dios trinitario, el Dios que es Espíritu…, solo podemos encontrarlo en el corazón de nuestra autonomía y como fermento esencial de nuestra libertad.

Porque es evidente que el Dios ante el cual tiembla la muchedumbre al pie del Sinaí no puede ser sino un Dios exterior, un Dios que está en el cielo, un Dios que no es el secreto de la intimidad humana. El Dios trinitario, al contrario, el Dios que es Espíritu, el Dios que es la Transparencia Infinita de un Amor eterno, ese Dios, no podemos encontrarlo sino en el corazón de nuestra autonomía y como fermento esencial de nuestra libertad, si nuestra libertad quiere llegar a una liberación. (4)

la revelación de la trinidad divina en la Persona de Jesús cambia todas las perspectivas de las relaciones con nosotros mismos, con el universo y con Dios

La revelación de la Trinidad cambia todas las perspectivas

Si Dios es ese Dios despojado, solo puede querer un Universo-espíritu, libre, un Universo que se mantiene ante Él en relación nupcial, que se crea con Él dejándolo nacer en sí mismo.

Porque ese es justamente el punto clave, que ante ese Dios despojado, ese Dios que no posee nada y que da todo, y primero Su Ser, para la circulación interna de la vida trinitaria, que se difunde además sobre todo el universo dándole a la creación un nuevo sentido porque, si Dios es así, si Dios es ese Dios despojado, no puede querer sino un Universo espíritu, un Universo libre, un Universo que se mantiene ante Él en relación nupcial, un Universo que se crea con Él dejándolo nacer en sí mismo, una Creación que está en el circuito interior del Dios trinitario, una Creación que va a poder asumirse y hacer de sí misma una ofrenda a Aquél que se la da a Sí mismo dándose a ella.

Es pues absolutamente cierto que la revelación de la trinidad divina en la Persona de Jesús cambia todas las perspectivas de las relaciones con nosotros mismos, con el universo y con Dios (5)

La intimidad misma de Dios, lo que hace que es Dios, para Él y en Él mismo, es Jesús quien nos lo enseña porque está en el seno de la Trinidad, porque está revestido del Yo divino y conoce toda su desapropiación, toda su libertad infinita.

Jesús nos ofreció la intimidad de Dios. Ni el Antiguo Testamento ni el Corán pretenden revelarnos la intimidad de Dios. El Antiguo Testamento y el Corán nos muestran la relaciones de Dios con el hombre, relaciones de Providencia, relaciones de misericordia, de clemencia, de sabiduría, incluso hasta ciertas nupcias, pero la intimidad misma de Dios, lo que hace que Él es Dios, para sí y en sí mismo, nos lo enseña Jesús porque Él está en el corazón de la Trinidad, porque está revestido del Yo Divino y conoce justamente toda la desapropiación toda la libertad infinita.

La verdadera libertad es ser libre de sí mismo

En fin, repito por la milésima o diezmilésima vez que jamás sabríamos, jamás habríamos podido resolver el problema de la libertad sin el encuentro con la Trinidad Divina porque no habríamos sabido que la libertad auténtica es ser libre de sí mismo, es no sufrirse, es no ser esclavo del dato primitivo que se nos impone por el nacimiento carnal, sino justamente surgir en novedad total, en una mirada de amor hacia el Dios que nos habita y que es el secreto último de nuestra intimidad.

Observen que eso lo tienen en el Evangelio de San Juan en el capítulo 4, en el diálogo con la samaritana: en el fondo, lo que Nuestro Señor enseña a esta mujer es a la vez que Dios es espíritu y que ella misma es espíritu ya que está llamada a adorar a Dios en espíritu y en verdad. Es pues necesario que ella descubra que es espíritu al mismo tiempo que descubre que Dios es espíritu, que descubra que el templo, el santuario, no está en el Garizm, la montaña que domina el pozo de Jacob, sino que el santuario es ella, ella misma. Si ella escucha bien las palabras de Jesús, entrará en la suprema grandeza, aprenderá que la libertad es liberación de sí, es el nacimiento de un nuevo yo oblativo, de un yo que es relación, de un yo que es sólo mirada hacia Dios que permanece in lo más íntimo de nosotros.

La libertad es liberación de sí mismo, es el nacimiento de un nuevo yo oblativo, de un yo que es relación, un yo que es mirada hacia Dios el cual mora en lo más íntimo de nosotros.

Si escucha bien la palabra de Jesús entrará en la grandeza suprema y sabrá justamente que la libertad es liberación de sí misma, el nacimiento de un nuevo yo oblativo, de un yo que es relación, de un yo que es mirada hacia Dios el cual mora en lo más íntimo de nosotros mismos.

Se necesitaba la humildad y la Pobreza de Dios para enseñarnos quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser.

Es pues absolutamente cierto que la única respuesta es ésa: se necesitaba la humildad de Dios, la Pobreza de Dios, la transparencia de Dios, Su desapropiación infinita, para enseñarnos quiénes somos, o mejor, quiénes podemos ser.

Y justamente, tengo la impresión de que frente a la contestación multiforme, innumerable, fuera de la Iglesia y dentro de ella, tengo la impresión de que esto no se dice nunca, que se debería gritar sobre los techos que Dios es libertad infinita, que el sentido de la Creación es la libertad infinita, pero que la libertad, como la de Dios, no puede realizarse sino por el vacío total que hacemos en nosotros. No existe pues una ley a la que estamos sometidos, sino una Creación que está puesta en nuestras manos y que debe decidir del sentido mismo del universo y del advenimiento de Dios en el universo.

En todo caso, seremos cristianos auténticos en la medida en que vivamos la liberación, y en esa medida podremos ayudar al mundo donde estamos a encontrar una orientación creadora.

¡Podemos adherir apasionadamente a las objeciones de Nietzsche en la medida en que se refieren justamente a un dios que no es el verdadero Dios, un dios límite, un dios que hace esclavos, un dios que siembra el pánico y hace reinar el miedo, ese dios tan contrario al Dios que se revela en la Cruz de Nuestro Señor!

La Cruz es el sello infinito de nuestra libertad pesada en el corazón de Dios al precio de su propia vida.

Ahí sabemos que Dios es El que se da hasta la muerte y que para no obligarnos, prefiere literalmente morir. La Cruz es el sello infinito de nuestra libertad pesada en el corazón de Dios con el peso e Su propia vida.

No se trata de palabras sino de un secreto de amor que se debe vivir

Es claro que todo eso no son nociones que hay que repetir: se trata de un secreto de amor que hay que vivir, que es maravilloso e inagotable, y que es necesario encontrar en sí mismo a cada instante.

La humildad de Dios, la pobreza de Dios, en fin, la libertad que es Dios, es la que nos enseñará lo que es nuestra libertad y cuál puede ser nuestra aventura en un mundo que no es todavía lo que está llamado a ser, y que está puesto en nuestras manos precisamente para ser liberado de todos sus límites y enraizado en la intimidad divina.

Lo más inteligente y eficaz que podemos hacer es entrar en la intimidad de las tres Personas divinas descubriendo­las en el fondo de nosotros mismos como Vida de nuestra vida.

Si vivimos eso, si uno solo de nosotros lo viviera realmente, ¡eso prendería un incendio! no habría necesidad de hablar de Dios, El aparecería inmediatamente en el espacio mismo que suscitaría nuestra presencia.

Lo más inteligente, lo más eficaz que podemos hacer es pues entrar en la intimidad de las tres Personas divinas descubriéndolas en el fondo mismo de nosotros como Vida de nuestra vida. Esa mirada hacia la faz de Dios escondido en nosotros y en los demás como en toda criatura, nos ayudará a afinar a la vez el sentido de nuestra autonomía y al mismo tiempo a descubrirla como dimisión total de nosotros mismo entre las manos del eterno Amor.

El antiguo sueño de ser como Dios debe realizarse. Justamente a eso estamos llamados, a ser como Dios, sin apego a sí mismo, en la transparencia a una Luz que debe ser, según el evangelio, la luz del mundo, y seguramente nadie podría rehusar ese Evangelio si fuera presentado como acontecimiento de hoy, si fuera hoy encuentro sensible para todos los que la vida nos pone en el camino.

En todo caso, me parece – y eso es lo que van a retener sin duda – que las dos vertientes de la religión y de la fe, vertientes de la dependencia y de la libertad, pueden dar lugar a expresiones extremamente diferentes y que pueden parecer opuestas, aunque sea imposible negar la experiencia de la dependencia, puede ser seguramente superada por la experiencia de la liberación, suponiendo que sea realmente vivida desde que un hombre decida dejar de sufrirse eclipsándose en la luz adorable que es el Dios Vivo, el único Dios que podamos conocer por experiencia, cuando, haciendo silencio en nosotros mismos, escuchemos la Palabra silenciosa que es también una música eterna.


Notas

(1) « numen »: movimiento de la cabeza que manifiesta voluntad, asentimiento. Hablando de los dioses: invocar la voluntad de los dioses, su poder activo. (Dictionnaire Félix Gaffiot).

(2) Comentario del padre P. Debains. El poder divino concebido como exterior a nosotros representa algo monstruoso e inmoral, pero si ese poder se revela como desapropiación, como pobreza, entonces estamos en el centro de la vida del espíritu. El espíritu es un ser capaz de no padecer su existencia sino hacer de ella una obra de amor. Solo podemos encontrar al Dios trinitario en el corazón de nuestra autonomía y como fermento de nuestra libertad.

(3) Comentario del padre P. Debains. Más seguramente aún que en tiempos de Zúndel es el caso actualmente, de manera más o menos consciente en la mayoría, ¡pero rara vez plenamente consciente! Y eso explica en gran parte la indiferencia masiva de las generaciones actuales, de la inmensa mayoría de los jóvenes respecto del cristianismo.

¡Qué grave es entonces la urgencia de una presentación del Evangelio centrada en el misterio de la santísima Trinidad presentada como misterio de desapropiación! Entonces Dios se hace infinitamente amable y deseable para todos e infinitamente liberador…

(4) Comentario del padre P. Debains. La revelación de la Trinidad divina en la Persona de Jesús cambia todas las perspectivas de nuestras relaciones con nosotros mismos, con el Universo y con Dios. Habría que gritar sobre los techos que Dios es libertad infinita por el vacío total que hace en sí mismo…

(5) Comentario del padre P. Debains. Quizá muchos se preguntan por qué Dios no creó un mundo en que todo estuviera siempre bien y en que el mal no tuviera que ser eliminado pues nunca habría reinado. La respuesta es muy sencilla : pues simplemente porque Dios no podía. Dios no puede ser lo que no es y solo puede crear conforme a lo que es: un Dios espíritu, un Dios pura inferioridad, un Dios Trinidad, ¡y no hay otro!, un Dios Amor, eternamente en forma de don perfecto de sí mismo, sin duda un Dios que eternamente conquista el Amor al mismo tiempo que lo es.

Se debería volver a leer este hermoso texto. ¡Si lo viviéramos se encendería un incendio y ya no sería necesario hablar de Dios! La mejor lectura de Zúndel no es para contentar la inteligencia espiritual, lo cual está muy bien pero no tiene sentido si no conduce a una imitación de un Dios de nuevo descubierto y siempre de nuevo descubierto. Las palabras, aún las más sublimes, solo tienen sentido si llevan a alimentar ese descubrimiento.

También se debería probablemente desarrollar lo que quiere decir Zúndel cuando dice que Dios es libertad. Lo es a causa del eterno vacío eternamente “creador” o mejor “engendrador” de Dios mismo, a causa del vacío que eternamente engendra al Hijo y hace surgir el Espíritu. La libertad es el fruto de la realización de ese vacío porque provoca un desprendimiento, un despojamiento infinito de sí mismo, porque el apego a sí mismo es lo que impide siempre la libertad.

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