Una
página del libro « Peregrino de la Esperanza ». Ed. Anne Sigier (*)
Einstein dijo admirablemente: “El que ya no tiene la posibilidad de asombro y de sentir respeto es como si estuviera muerto.” En el despojamiento absoluto, san Francisco alcanzó la más alta capacidad de admiración y cantó el Cántico del Sol al encontrar la juventud del mundo. Escuchaba el Amor del cual es símbolo toda realidad y acogía el universo como regalo de una ternura infinita que reviste de hermosura todas las cosas. Tenía el genio del “sí” que descubre hasta en un guijarro el Rostro que llena la creación de una silenciosa presencia.
La cuaresma quiere darnos la mirada nueva conforme con la divina bondad que difunde en todos los seres un rayo de la eterna benevolencia. Veremos su sentido si rehusamos todo negativismo, toda queja inútil, para que pueda nacer en la primavera del alma la exquisita flor de la alegría y resucite con el Redentor el mundo en nosotros.
Uno de los grandes testigos de la Francia cristiana, que supo preservar a través de medio siglo de apostolado toda la generosidad de la mente y el corazón en la juventud de una mirada simpática a todo progreso, el Señor canónigo Thellier de Poncheville nos comunicará el tesoro de su inmensa experiencia en la luz de su fe y de su fervor, con el optimismo invencible del hombre que hizo de su vida un gran “sí”. Sabremos aprovechar la gracia de su presencia para recibir en su contacto con entusiasmo renovado la “Buena Nueva” que asocia nuestra vida a la de Jesús, en quien, según las palabras de san Pablo a los Corintios, solo existe el “sí”.
Febrero – marzo de 1953