28-31/10/2017 -Yo, es los demás

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28/10/2017 octobre 2017

Homilía de Mauricio Zúndel en Bex, Suiza, en 1951. No editada.

Resumen: ¿Qué diferencia hay entre los que dicen el credo y los demás? ¿Cuáles son las transformaciones en nosotros? ¿Recibe el prójimo por eso más luz, más alegría?

Las palabras del credo

¿Qué respondemos A la pregunta “creo en Dios, Padre todopoderoso, creo en Jesucristo, creo en la Santa Iglesia católica”? (1). ¿Qué cambian esas palabras en nuestra vida? ¿Qué diferencia hay entre nosotros y los que no las dicen, los que no pueden decir “Creo en Dios, creo en Jesucristo, creo en la Santa Iglesia”?

Ayer hice esta pregunta al recibir de una amiga de mi juventud la noticia de la muerte de un joven alemán. Él se arrojó bajo un tren en Prégny, cerca de Ginebra, en la noche del 14 al 15 de diciembre. ¿Qué tenía en el alma ese joven de 25 años, que tenía delante un porvenir posible, qué tenía en el alma para que esa noche, habiéndose despedido de sus amigos para regresar a Hamburgo, habiendo llegado a un estado extremo de pobreza, privado de todo recurso, haya preferido arrojarse ante la locomotora en vez de continuar su lucha por la vida?

Abrir la puerta

Evidentemente, todas las puertas se le habían cerrado, todas las puertas donde habría podido recibir ayuda. Y entre esas puertas había puertas cristianas. Y detrás de esas puertas había gente que decía “Creo en Dios, Creo en Jesucristo, Creo en la Santa Iglesia Católica”. Pero todas esas puertas se cerraron y el pobre hombre no tuvo otra salida su acabar con su existencia terrenal, aun sabiendo evidentemente que en el amor de Dios hay recursos eternos que no podían serle rehusados.

Una amiga polaca me escribió desde Vevey que una joven estudiante rumana se encontraba también en extrema necesidad. Y como me preguntaba qué podía hacer, comprendí lo que yo podía hacer. Pensé entonces en el credo del alma: ¿Qué quiere decir “Creo en Dios, creo en Jesucristo, creo en la Santa Iglesia”?

¿Quién es mi prójimo?

Recibió un día Nuestro Señor la visita de un doctor de la Ley que le hizo esta pregunta: Maestro, ¿qué debo hacer para obtener la vida eterna?” (Lc. 10:25) El S »eñor no dijo nada y ante todo el mundo el doctor recitó las palabras de la Ley como recitamos nosotros el Credo : “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas y toda tu mente y amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Y Jesús le dijo: “Haz eso y vivirás. Pero el doctor se puso a pensar y dijo:Maestro, ¿quién es mi prójimo?” (Lc. 10:29) y Jesús le contó la parábola del samaritano (Lc. 10:30-37).

La parábola del Samaritano

Yo no sé si ustedes ven toda la ironía y el humor que hay en la parábola del samaritano, del hereje más abominable, del tipo más abyecto de hereje, peor que un pagano.

Presenta a un hombre caído al lado de un camino y un sacerdote judío muy ortodoxo pasa y se aleja para cambiar de lado del camino. Piensa que no vale la pena ocuparse del herido y lo abandona. Pasa un levita. Es alguien que se ocupa del servicio de Dios: eso lo dispensa del servicio del hombre y pasa también y se va para n o verlo. Y el tercero es un hereje, un samaritano que está en pecado, en el error. Él ve, ve muy bien y ve tan bien que comprende inmediatamente que debe auxiliarlo. Se acerca, le hace vendajes a; desdichado, le pone aceite en las heridas, lo carga en su montura y lo lleva a la hostelería y asume todos los gastos.

Y Nuestro Señor, con una sonrisa interior, le pregunta al doctor: “¿De esos tres hombres, cuál es el prójimo del que cayó en el camino?” y ahí da nuestro Señor la respuesta práctica al “Creo en Dios, creo en Jesucristo, creo en la Santa Iglesia”. Todo eso está muy bien, pero ¿cuál es el resultado? ¿Qué cambia en nuestra actitud en relación con los que no quieren decir como nosotros “Creo en Dios, creo en Jesucristo, creo en la Santa Iglesia”? Es precisamente la respuesta que nos da nuestro Señor puesto que escogió el ejemplo del buen samaritano, del hereje, del hombre aborrecido.

Cuando el Credo tiene significado

La fe es nuestra vida, una fe que debe ser esencialmente irradiante… Si los demás ya no son los demás sino nosotros mismos, entonces el Credo comienza a tener significado, se habrá convertido en nosotros en levadura.

La fe es vida. La fe es una transfiguración, un transformación de lo humano. La fe es nuestra vida, una fe que debe ser esencialmente irradiante. Y así realizaremos el “Creo en Dios, creo en Jesucristo, creo en la Santa Iglesia universal”.

Si nuestra puerta está abierta un segundo, el pobre alemán que se arrojó ante el tren hace resonar en nosotros su voz, el pueblo de coreanos (2) en guerra, somos nosotros ; cada uno de esos hombres es ante todo nuestro prójimo. Si sabemos que su vida pesa toda sobre nosotros, si los demás ya no son los demás sino nosotros mismos, el Credo comienza a tener significado pues entonces justamente se habrá convertido en nosotros en levadura, levadura puesta en la masa humana para hacerla fermentar en Dios.

Preguntémonos “Recitamos el credo, y ¿qué cambia eso en nuestra vida?” Recitamos el Credo, y ¿reciben por eso los demás más luz, más alegría, más espacio y libertad?

Si no, nuestro Señor debería inventar para nosotros con el mismo humor y la misma ironía otra parábola del samaritano para hacernos comprender que esas palabras son totalmente inútiles, que no es un formulario lo que nos hace cristianos, que solo seremos cristianos cuando hayamos entrado en la comunidad de amor y que para nosotros, los demás son nosotros mismos.

Sí, eso es un cristiano, alguien que vive esta verdad: Yo, es los demás.


(1) Frases del Credo, el cual es un resumen de la profesión de fe cristiana. Fue promulgado en el concilio de Nicea de 325 y luego en el concilio de Constantinopla, en 381.

(2) Zúndel pronunció esta homilía en 1951, durante la guerra de Corea que tuvo lugar entre 1950 y 1953.