15-21/10/2017 – Eucaristía y Cuerpo Místico

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15/10/2017 octobre 2017

déjà publié 24-27/03/2009

Conferencia de M. Zúndel sobre la Eucaristía, en un retiro a las religiosas de San Agustín en St. Mauricio, Suiza, en 1953. Publicada en “Avec Dieu dans le quotidien” (Con Dios en lo cotidiano). Ya publicada en nuestro sitio, en marzo y mayo de 2009. Se añadieron títulos y citas.

Resumen: Solo podemos llegar a Jesucristo si abrimos el corazón sin fronteras ni límites a toda la humanidad. La Eucaristía es presencia comunitaria. communautaire. La consagración no es que la humanidad de Jesús que se hace presente en la tierra, pues ya está presente no solo por su divinidad sino por su humanidad. Somos nosotros los que nos hacemos presentes a esa humanidad. La Eucaristía es el foco central en que toda la humanidad se pone en nuestro corazón para implantarse en el amor de Jesucristo.

La causa esencial de la presencia real en la eucaristía es ser presencia comunitaria (1)

Agape, caridad y amor

San Ignacio de Antioquía, que vivió a comienzos del siglo segundo, yendo hacia el martirio, escribió a la Iglesia de Roma y le dio a esa iglesia de Roma el nombre de presidenta de la caridad, es decir la Iglesia que preside a la caridad: la iglesia romana está en el centro del misterio de caridad que es la Iglesia. Para Ignacio de Antioquía, la Iglesia es el Ágape, la Caridad.

Es de seguro la mayor manera de designar la Iglesia llamarla la Caridad, el Amor, y lo maravilloso es que sea precisamente un mártir el que la llama así, de camino hacia el suplicio, en una carta en que pide a los romanos que no intervengan en su favor. Es conmovedor que ese mártir haya encontrado esa apelación incomparable: la Iglesia es el Ágape, el Amor.

Se daba el nombre de ágape al banquete de la comunidad cristiana que terminaba con la eucaristía. En la 1a carta a los corintios, se habla de ella, y parece que esa práctica duró un poco y que las comunidades se reunían primero para comer juntos y que el fin supremo del banquete era la Eucaristía, lo cual es muy natural pues la Eucaristía es el banquete de la comunidad.

Existe una relación muy estrecha entre la Iglesia y la Eucaristía, que es la presencia comunitaria de Jesús.

Si encontramos la misma apelación para la Iglesia y para el banquete comunitario, es porque existe una relación muy estrecha entre la Iglesia y§ la Eucaristía, que es en efecto la presencia comunitaria de Jesús.

Una presencia comunautaria

Es supremamente importante desarrollar este tema para indicar bien el lugar de la presencia real en el misterio de la Iglesia. Los católicos se aferran a la realidad de la presencia real de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento y materializaron la presencia contra los protestantes que la redujeron a algo simbólico.

De ambos lados se perdió de vista la causa esencia de la presencia real, que es ser la presencia comunitaria. ¡Esto quiere decir que Nuestro Señor solo podía estar presente a la humanidad bajo forma de Iglesia! Eso quiere decir que Nuestro Señor es el segundo Adán, como dice san Pablo. Nuestro Señor en quien toda la historia se recomienza y se recapitula, Nuestro Señor que es el centro del universo, Nuestro Señor que reúne en su persona toda la creación para que el universo entero no sea sino una sola persona en su persona, no podía justamente dar como cita a la humanidad sino la Iglesia que responde a las exigencias de la comunidad.

Cristo es infinitamente abierto a los hombres, como es infinitamente abierto a Dios… Él contiene toda la humanidad en su humanidad.

Y eso es posible ya que Cristo es infinitamente abierto a los chombres como es infinitamente abierto a Dios, pues ustedes saben que en el Evangelio tenemos esa doble apelación: Jesús es a la vez el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre, es decir que es el Hombre en un sentido único. No es Hombre como nosotros, para él Hombre es su nombre propio, él contiene en su persona toda la humanidad porque en él la humanidad no tiene fronteras.

Nosotros somos un miembro ínfimo, un grano de arena en la multitud inmensa. Cristo, al contrario, es el que contiene toda la humanidad en su humanidad. Él no es un hombre sino el Hombre, por eso en él, “hombre” es nombre propio.

El Hombre universal

Para nosotros, ser hombre es ser un ejemplar entre dos mil quinientos millones de hombres que viven ahora en la tierra [en 1968]. Nosotros somos un hombre, mientras que Jesucristo es el Hombre. Él contiene en su persona toda la especie humana, toda la historia humana.

Si Jesucristo es el Hombre con ese potencia única, es porque es abierto hacia Dios de manera única, es porque su yo es Dios.

Si él es el Hombre con esa potencia única es porque es abierto hacia Dios de manera única, es porque su yo es Dios (2). Nuestro Señor no es el hombre de un pueblo, de un tiempo o de una época, sino el Hombre universal que porta en su vida t(oda la humanidad, que recapitula en su historia toda la historia, que es el contrapeso de amor que equilibra todas las faltas humanas.

Por eso Nuestro Señor solo puede mirar toda la humanidad a la vez y asumir a todos los hombres en la humanidad, sin excluir a nadie. Y si nosotros queremos seguir a Jesucristo, si queremos ser discípulos suyos, debemos entrar en la catolicidad de Jesucristo.

Jesús es católico porque abraza toda la humanidad, y si nosotros nos hacemos discípulos suyos, si queremos ser lo que es él, solo podemos ir a él abrazando con él toda la humanidad, toda la historia y todo el universo. Si queremos absorber a Jesucristo en nuestra vida, si queremos reducirlo a las relaciones que tenemos con él, se convierte en un ídolo. El verdadero Cristo abierto a toda la humanidad, portador de toda la humanidad, solo podemos alcanzarlo si abrimos nuestro corazón sin fronteras, sin límite, a toda la humanidad.

La cita que Jesús nos da es ante todo una cita comunitaria, ese es el sentido de la Eucaristía. Es una cita comunitaria donde Cristo dice a los hombres como a Magdalena que quería tocarlo después de la resurrección: “No me toques porque no puedes agarrarme. Si me quieres agarrar, tienes que pasar por el misterio de la Iglesia, por la presencia comunitaria. Porque si quieres cogerme con las manos me reduces a tu medida y harás de mí un ídolo. Si quieres realmente abrazarme, debes abrazarme en mi apertura a toda la humanidad. Entonces me abrazarás de verdad, cuando tu corazón esté abierto y dilatado a la medida del mío.”

La Eucaristía instituida para que estemos realmente presentes a la Humanidad de Cristo (3)

Él está presente, pero nosotros estamos ausentes

Observen bien esto: así como la Encarnación no significa que Dios bajó del cielo para venir a la tierra donde no estaba pues Dios estaba en el mundo, pero el mundo no lo conocía, así como la Encarnación significa una humanidad hecha infinitamente presente a Dios, el cual siempre estaba presente a la humanidad, así también la Eucaristía no quiere decir que Jesucristo Nuestro Señor se hace presente donde no estaba. Nuestro Señor siempre está presente en la humanidad y no sólo por su divinidad sino por su humanidad.

La humanidad de Nuestro Señor está presente siempre en cada uno de nosotros… somos nosotros los que no estamos presentes a la humanidad de Nuestro Señor.

Más aún: la humanidad de Nuestro Señor siempre está presente en cada uno de nosotros. Él es la luz que ilumina a todo hombre, toda gracia nos viene por su humanidad, por tanto la humanidad de Nuestro Señor no cesa nunca de estarnos presente, somos nosotros los que no estamos presentes a la humanidad de Nuestro Señor. (4)

Por consiguiente, así como en la Encarnación de Jesús la humanidad se hizo presente a Dios que siempre estaba presente, así en el momento de la consagración, no es la humanidad de Jesús la que comienza a estar presente en la tierra donde no estaba presente, somos nosotros los que nos hacemos presentes a su humanidad.

El misterio de la Eucaristía consiste en abrirnos a esa Presencia y hacerla circular en nosotros.

De intimidad a intimidad

En otras palabras, eso quiere decir que aunque la humanidad de Nuestro Señor nos acompaña siempre como acompañaba en el camino a los discípulos de Emaús, aunque es verdad que Él es siempre interior a nosotros, también es verdad que nosotros no estamos en contacto con Cristo, que nuestros ojos están cerrados como los de los discípulos de Emaús. Él está presente, nosotros estamos ausentes. El misterio de la Eucaristía consiste en abrirnos a esa presencia y hacerla circular en nosotros.

Si permiten, para hacer una comparación muy imperfecta y que habrá que olvidar en seguida, Nuestro Señor siempre está presente por su divinidad y su humanidad, como están presentes en esta capilla las ondas radiofónicas, sin que las estemos escuchando, con toda la música del mundo emitida por la radio: la consagración es como encender la radio, lo cual permite captar la presencia ya existente, pero con que no estábamos conectados.

No se asombren: la intimidad el alma, la intimidad de un ser, como ustedes saben, no se puede coger con las manos. Si les dan la mano para sentir su amistad, ¿qué se siente en la mano? ¿Está la amistad en la punta de los dedos? ¿Es ahí donde reside su amistad? ¿Dónde está la amistad? ¿En la punta del brazo? ¿O en el fondo más íntimo del corazón de carne?

Solo tenemos contacto con Nuestro Señor que es el amor, el amor universal, si nuestro corazón se abre y se hace corazón sin fronteras, como el Corazón de Nuestro Señor.

Aunque el corazón de carne es el símbolo de su ternura, ustedes saben muy bien que la amistad no puede ser cogida con las manos y que su amistad está donde esté su persona, donde esté su misterio, el misterio que ustedes sólo descubren cuando están en el diálogo de luz y de amor con Dios. Su amistad sólo se puede captar con la amistad. La que las quiere verdaderamente con su propia intimidad, entra en contacto con su amistad, es pues necesario que su corazón esté abierto para escuchar el de ustedes, y así mismo nosotros sólo estamos en contacto con Nuestro Señor que es el amor, el amor universal, si nuestro corazón se abre y se hace corazón sin fronteras, como el Corazón de Nuestro Señor.

Una humanidad presente a Cristo

Y eso es justamente lo que comprendemos en la liturgia. La consagración consiste en ponernos en la línea de la catolicidad. Venimos al pie de la cruz, invocamos a Nuestro Señor y en el momento de la consagración decimos sobre el Cuerpo de Cristo lo que decía la Virgen cuando lo recibía en sus brazos: « Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre”.

Nos identificamos con el cuerpo crucificado, nos identificamos con el amor inmolado, y entonces Cristo puede llegar hasta nosotros, se identifica con nosotros y dice también sobre nosotros: « Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre”, y somos intercambiados con Él.

Lo esencial en la Eucaristía es esa apertura de la humanidad a Jesucristo en el misterio de la Iglesia, donde nadie está excluido, para que nuestro corazón no limite a Cristo, no haga de Él un ídolo.

La Iglesia es nosotros con Jesús, nosotros que nos hacemos inmensos y universales como Jesús, para llevar con Jesús y en él toda la humanidad y todo el universo… Es absolutamente necesario considerar la cadena de amor que se constituye alrededor de Jesús.

La Iglesia es nosotros con Jesús, somos nosotros hechos inmensos, universales, como Jesús, para llevar, con Jesús y en Él, toda la humanidad y todo el universo.

No sé si me hago entender bien. La Eucaristía no es una especie de rito mágico que precipita a Jesús en la tierra. En el momento de la consagración surge el De profundis de la Iglesia que se ofrece a Él, que hace estallar todos los límites, que acepta llevar con Cristo toda la humanidad y todo el universo, identificándose con Él, diciendo: « Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre”.

Cristo está verdaderamente en medio de nosotros mientras estamos a su mesa y comulgamos con Él al comulgar los unos con los otros. Es absolutamente necesario considerar esta cadena de amor que se constituye alrededor de Jesús, toda la humanidad se hace presente a Cristo, el cual está eternamente presente, y, para llegar a Él, nos pide que no lo tomemos con las manos sino que lo tomemos por medio de la comunidad, en la comunidad, en nombre de la comunidad, con un corazón universal que hace que, dándonos a Él, nos demos, en Él, al mundo entero

La comunión es siempre la comunión de toda la Iglesia, de toda la humanidad, de todo el Universo… (5)

La comunión tiene la amplitud universal de un hogar de amor

La consagración, la Eucaristía es verdaderamente, en el sentido en que lo decía san Ignacio de Antioquía, el Amor. En el lenguaje de san Juan de la Cruz, es la viva llama de amor en que se encuentran el Corazón de Jesucristo y el corazón de la Iglesia. Esto es absolutamente capital porque la Eucaristía no es nunca algo privado.

La Misa es siempre universal. Comulgar es abrirse infinitamente al amor de Cristo abriéndose sin límites a la humanidad, de suerte que toda comunión es luz para todos los hombres. La comunión tiene amplitud universal, alcanza el mundo entero, si no, es pura magia que convierte a Jesús en ídolo.

Ustedes lo comprenden si imaginan que si ya no hubiera en la Iglesia, si eso fuera posible, ni una sola persona que amara, al menos una que no fuera total rechazo, blasfemia, odio. ¡Imaginen que la Misa se celebre en una humanidad donde ya nadie, ni siquiera el sacerdote celebrante, amara a Cristo: la Misa sería una blasfemia porque sería un intento para tocar a Cristo materialmente! Se lo reduciría a una especie de ídolo que obedece a una palabra mágica, cuando que la Eucaristía es tocar a Cristo con el corazón, abrirse a su amor. La Misa es legítima solamente si hay en alguna parte un corazón amante que Lo invoca. Por fortuna siempre habrá en la Iglesia al menos un alma que sea foco de todas las Misas que se celebran y que permita a esa presencia de brillar como foco de amor. Si ya no hubiera amor, la Misa sería una abominación.

Además, de ahí se sigue, como dijo precisamente santo Tomás, que en la Eucaristía no hay presencia local, es decir, que en la Eucaristía no es posible tocar a Jesús con las manos. Lo que tocamos son las apariencias, lo que metemos a la boca son las especies de pan y vino.

La comunión, identificación misteriosa con la existencia universal de Jesús

No tenemos contacto físico con Cristo, sólo tenemos con Él un contacto semejante al que tenemos con los amigos. Ese es el contacto que tenemos con Cristo, de suerte que al comer físicamente las especies nos alimentamos espiritualmente con la persona de Jesús(6).

Por eso Santo Tomás afirmaba que es imposible ver a Cristo en la Eucaristía con los ojos de la carne, que todas las visiones que se han reunido alrededor de la Eucaristía son visiones y no apariciones objetivas de Jesús, porque si es verdad que la Eucaristía es el foco de la presencia real, no es una presencia que se pueda tocar con las manos (6).

En la Eucaristía está pues el foco del amor universal, la viva llama de amor, en que el corazón de la Iglesia encuentra el Corazón de Jesús, a condición justamente de que nuestros corazones estén abiertos universalmente y que no reduzcamos a Cristo a un Diosito fabricado para uso personal, al cual podamos echarnos al bolsillo.

La comunión es algo universal, y la manducación es un signo que representa otra manducación, una identificación misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la existencia universal de Jesús.

La comunión de ustedes es siempre comunión de toda la Iglesia, de toda la humanidad, de todo el universo, y por eso pueden acercarse a la comunión aunque no tengan ningún sentimiento sensible, porque su comunión es comunión de la Iglesia entera.

Es capital dar a la presencia eucarística toda su grandeza para no limitar esa presencia a una especie de idolatría.

Transformarnos en Jesucristo para que nuestra vida sea caridad

Asistimos al Santo Sacrificio es para ensanchar nuestro corazón a las dimensiones del Corazón de Cristo y llevar en nosotros el amor de toda la humanidad.

Cuando asistimos al Santo Sacrificio, es siempre para ensanchar nuestro corazón a las dimensiones del Corazón de Cristo y llevar en nosotros el amor de toda la humanidad, si no, Jesús sería un ídolo que llevamos en el bolsillo.

Pero cuando llevamos la Eucaristía, no transportamos a Cristo. Al comer la hostia no comemos a Cristo. Todo eso es signo de algo que rebasa todas las palabras, se trata de una transformación de nosotros en Jesucristo en que todos los signos significan sólo una cosa: la caridad de Cristo que nos transforma en Él, para que nuestra vida sea caridad.

Todo eso es infinitamente profundo, infinitamente puro y sigue siendo una exigencia universal. Si no tenemos ante la Eucaristía esa impresión de exigencia universal, entonces queremos como materializar, tocar a Cristo con las manos, y lo reducimos a un ídolo, cuando no podemos tocarlo sino con el corazón, y si el corazón se hace universal.

Ante esta presentación, es imposible que alguien pueda hacer la menor objeción por dar a Cristo esa dimensión inmensa.

La realidad de la presencia de Nuestro Señor es la realidad más formidable que exista, pero exige que crezcamos para alcanzarla y para que nuestro corazón se haga tan vasto como el suyo.

Ser presencia

La realidad de la presencia de Nuestro Señor es la realidad más formidable que exista, pero exige que crezcamos para alcanzarla y para que nuestro corazón se haga tan amplio como el Suyo.

¡Cuántas almas comulgan cada día y eso no tiene consecuencias! Pasan todo el día en comadreos, en cuentos, etc.… Se comulga todos los días, y eso no significa nada. Comulgar es entrar en la catolicidad, eso es capital. ¡Se trata de saber si somos idólatras o si estamos en la religión del espíritu! ¡Es idolatría echarse a Cristo al bolsillo! Es real si respondemos a las invitaciones de Cristo con un corazón a la dimensión Suya.

Hay en la Eucaristía una exigencia formidable, y cuando entramos en una iglesia y vemos la lamparita del sagrario que indica Su presencia, podemos decir: “sí, es verdad, en la medida en que yo mismo soy presencia real a toda la Iglesia, a todo el universo.”

El sentido de la Eucaristía: vamos al encuentro con la Cruz y nos hacemos cuerpo y sangre de Cristo… (7)

Le verdadero tabernáculo es un corazón sin fronteras

¿De qué sirve que Jesús esté en los sagrarios de madera si nosotros no vivimos de él? Los verdaderos sagrarios somos nosotros.

Es necesario que el Buen Dios esté en su corazón, que viva en nosotros, que nosotros seamos tabernáculos. ¿Para qué serviría que Jesús esté en tabernáculos de madera si no vivimos de Él? Los verdaderos tabernáculos somos nosotros.

Para mí, el sentido de la Eucaristía es el de una acción como se realiza en la Misa, en la cual vamos al encuentro de la Cruz y nos hacemos cuerpo y sangre de Cristo, mucho más que el de una especie de exposición que hacemos del Santísimo Sacramento (8). La exposición del Santísimo sólo tiene sentido si es renovación del don de nosotros mismos que nos permite hacernos universales.

Católico quiere decir: me doy a todos, soy deudor de todos, soy alguien a quien le pueden pedir la vida, porque yo soy la Iglesia. Mi corazón no tiene fronteras. Eso significa ser católico: mi corazón no tiene fronteras, y en mi corazón cada uno está en su casa.

Cuando leen el periódico y ven accidentes, muertes, ¡todos los muertos son suyos! Todas las noticias del periódico son noticias de su familia. Cuando leen el Correo y se preguntan: « ¿Tengo derecho de leer el periódico?”, creo que tienen derecho, porque es el periódico de la familia humana, son noticias que ustedes están encargadas de llevar en el corazón, porque el mundo entero es familia suya.

Todo eso es suyo, ¡de ustedes! Ustedes están encargadas de todo eso, y su comunión tiene por sentido difundir el amor y la caridad de Cristo sobre el mundo, el cual no puede vivir sin Cristo.

La Eucaristía es el foco central donde se pone en el corazón de ustedes toda la humanidad para enraizarse en su amor. En la transustanciación, el pan y el vino se hacen relación misteriosa con la presencia que ya estaba presente.

La Eucaristía es el foco central donde toda la humanidad entra en su corazón para enraizarse en Su amor. Lo que sucede en la transustanciación es que el pan y el vino se convierten en una relación misteriosa con la presencia que ya estaba ahí, pero que no podemos percibir. Nuestro Señor es el sol de la humanidad, pero es un sol que ningún rostro puede ver.

Hay pues en la Eucaristía un llamado, un grito de amor de la Iglesia al Señor y del Señor a su Iglesia, y ahí es donde la palabra Iglesia tiene realmente sentido, el sentido maravilloso de que la Iglesia, son ustedes.

La campesina de la Suiza alemana

Ustedes recuerdan la mujer de que les hablé, que era una campesinita de Suiza alemana, muy inteligente, y que había perdido a sus papás siendo aún muy pequeña. No los había conocido y fue criada por religiosas en Suiza alemana, como sucedía entonces – hace más o menos un siglo (mediados del siglo 19) – cuando los pensionados eran prisiones, donde había más golpes que pasteles, donde el Buen Dios era un personaje sobre todo temido. La pequeñita había integrado al Buen Dios en cierto modo como los golpes que recibía y no Le tenía un amor extraordinario.

Cuando salió del orfelinato la pusieron como aprendiz en una fábrica de sombreros, y la jovencita que era muy hermosa se encontró con un joven que la cortejó y le dijo: « ¡Te quiero!” Ella no había escuchado jamás esas palabras porque nunca había conocido a su mamá. Y se arrojó sobre esa declaración como una promesa de felicidad, y se casó con el muchacho.

En seguida se dio cuenta de que el muchacho con quien se había casado era un borrachín que tenía mal vino y la golpeaba. La joven que había dado todo su corazón a su hogar, que no sabía lo que era una casa, que había pensado: « ¡Tendré un hogar, estaré en casa!”, se dio cuenta de que su hogar eran insultos, golpes.

En medio de ese drama comienza ella a volverse hacia Dios. Se da a Dios magnífica, totalmente, porque sólo le queda Dios. Su marido que no es tonto, comprende, comprende que su mujer ha encontrado en alguna parte un Rostro, ¡y tiene celos de ese Dios que se convierte en el centro y el todo para ella! No se lo puede quitar, pero se va a vengar impidiéndole conservar a su hijo. Va a impedirle a la mujer dar a su hijo el gusto del Dios que ella había encontrado, va a impedirle que le comunique el secreto de amor de que ella vive, querrá quitarle el único ser que ella hubiera podido ofrecer a Dios.

Ella lo entrega a Dios en lo secreto de su corazón. Entra realmente en un silencio de hostia y no pide más nada. Su hogar es mantenido perfectamente, logra equilibrar el presupuesto trabajando por su lado, naturalmente.

El muchacho crece, siempre fuera de la influencia materna, hasta los 30 años y más. Y naturalmente, ignorando el llamado que resonaba en su corazón, no hizo nada de su vida. No resistía a ninguna pasión, se entregaba a ellas sin control. Cuando no le quedaba nada, volvía donde su madre y ella pagaba las deudas de su hijo, lo vestía, y él volvía a su vida desordenada.

Al final, después de más de 30 años de vivir así, regresa, tuberculoso. Ya ni los sanatorios lo aceptaban. Entonces tiene lugar el diálogo de que les hablé, el diálogo de esa mujer ante ese hijo condenado a muerte, el diálogo maravilloso en que ella pide a Dios una sola cosa: que él no muera sin una mirada hacia Dios. No pide nada para sí misma, sino que pide que esa vida no se acabe sin una mirada hacia Dios.

Ella no dice nada. Vela sobre él día y noche en un silencio heroico. Y es entonces cuando el hijo encuentra un sacerdote que guarda el mismo silencio que su madre. Un día el hijo le cuenta toda su vida y le dice: « Es verdad, nunca tuve religión, pero ahora quiero tener la religión de mi madre”. Y decía a su mamá: « Mamá, si me hubieras hablado de Dios, yo no me habría convertido. Pero como no me hablaste de Él, yo comprendí en ti, a través de ti”.

La madre Iglesia

Había adivinado el rostro de Dios, el silencio de Dios, porque lo había sentido en el silencio de su madre, y esta mujer salvó a su hijo sin decir nada, simplemente porque ella era custodia de Jesús (10). Había pedido que su hijo muriera el día de la fiesta de Todos los Santos, y él murió ese día. Ella lo devolvió verdaderamente al Señor, sin pedir nada para sí misma.

Esa mujer, que yo venero como santa, me hace pensar en la Madre Iglesia (10). ¡Ella no sabía, no conocía su grandeza, no veía qué grande, qué magnífica, qué heroica era!

Su hijo tuvo la dicha de ver a Cristo transparentar en el rostro de su madre. Vio el rostro de Cristo en el rostro de su madre.

Si comulgamos es para transformarnos en la presencia real, para ser presencia real… cada uno, cada una de ustedes es el copón, el sagrario y la Iglesia.

Eso es lo que se nos propone: ser la Madre Iglesia. No es creerse obligado a hablar de ella todo el día sino haber comulgado con esa presencia, ya que si comulgamos es para transformarnos en la presencia real, para ser presencia real, porque ¡los verdaderos tabernáculos, los verdaderos copones somos nosotros! ¡Cada una de ustedes es el copón, el sagrario y la Iglesia!

La presencia que nunca hace ruido es la única presencia eficaz, es lo que los hombres están esperando. Ellos están esperando que seamos la Madre Iglesia y poder encontrar en nosotros el rostro del eterno amor, el rostro de Cristo que no puede darse a uno excluyendo a los demás.

Siendo nosotros, ustedes, la Eucaristía, la definición de nuestra vida, de la suya, el programa de toda su vida, aquello ante lo cual todo es un medio, nuestra vocación es esa: ser la Madre Iglesia, ser Ágape, ser Amor (10).


Notas del Padre Debains

(1) Esto quiere decir que si el Señor está realmente presente en la Eucaristía, lo está en cuanto que está presente en la comunidad de la humanidad entera. Y cuando recibimos a Cristo en la comunión, lo recibimos en su relación con la humanidad entera, la cual, en cierto modo, está entonces realmente presente en nosotros, y en ella, la Iglesia entera. Y comulgamos por la Iglesia entera, y por la comunidad de todos los hombres.

(2) El fin de la Encarnación divina es, a nivel de cada hombre, que su yo sea también Dios, que cuando diga “Yo” se exprese el Yo de Dios, que Dios mismo se exprese por su medio y que por ese mismo hecho obre por la unificación de la humanidad entera.

(3) En el momento de la consagración, como la Virgen María, tenemos que identificarnos con el Amor inmolado… Entonces nos identificamos con él.
La consagración consiste en ponernos en la línea de la catolicidad. Venimos al pie de la cruz, nos identificamos con Nuestro Señor y en el momento de la consagración decimos sobre el Cuerpo de Cristo lo que decía la Virgen cuando lo recibía en sus brazos: “Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre”. Nos identificamos con el amor inmolado, y entonces puede alcanzarnos Cristo, él se identifica con nosotros y dice también sobre nosotros: “Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre”, y nosotros nos transformamos en Él.

(4) Puesto que no estamos presentes en la humanidad de Cristo, la consagración tendrá como efecto, no de hacérnosla presente (siempre lo es) sino de hacernos presentes a ella. Eso no es fácil de entender y se comprende que las hermanas de san Agustín no lo hayan bien comprendido, al menos de inmediato, como tampoco nosotros. Si yo lo entiendo bien, aquí Zúndel se preocupa mucho más de nuestra presencia real a la humanidad de Cristo que de la presencia real de Cristo a nosotros la cual es permanente y está en todo hombre. Va casi hasta decir que la Eucaristía es el sacramento de la presencia real del hombre a la humanidad de Cristo, Humanidad que se hizo alimento del hombre, significando así que el hombre debe ir hasta recibirla en su interior, haciéndose así íntimamente presente a ella. Si la comunión, la manducación del cuerpo de Cristo, es el fin inmediato de la institución de la Eucaristía, comenzamos a entender el pensamiento zundeliano según el cual la Eucaristía es ante todo el sacramento que opera la presencia real del hombre a la humanidad de Cristo.
Al leerlo, sin entenderlo bien, pienso en la necesidad de celebrar un día la Misa larga, o la Misa que toma todo su tiempo, durante la cual, lo más sencillamente posible diremos o escucharemos a menudo todas estas “cosas” propiamente místicas, con coros sencillos repetidos indefinidamente…

(5) Hay un peligro de culto idolátrico de la Eucaristía. Toda comunión alcanza el mundo entero, si no, es pura magia que hace de Jesús un ídolo.
La Misa es siempre universal. Toda comunión tiene dimensión universal. Toda comunión alcanza el mundo entero. En la Eucaristía está el foco del amor universal, la viva llama del amor.

(6) Todo esto es difícil de entender y yo me expreso con reservas. Creo que fueron sobre todo esas expresiones las que hicieron que las hermanas dudaron de la ortodoxia de Zúndel. Se oponían a una manera de comprender la presencia real corriente en la Iglesia: se cree que al comulgar se recibe la carne misma del Señor y en realidad se recibe el cuerpo espiritual de Cristo resucitado (en armonía con su relación con la humanidad entera, si se puede decir). La presencia real eucarística es la presencia de un cuerpo espiritual que no se puede tocar con las manos, y « la manducación de ese cuerpo representa una identificación misteriosa que se realiza en lo más profundo de nosotros, si estamos en armonía con la exigencia universal de Jesús ». Nos identificamos con el Amor inmolado del Señor para la salvación de la humanidad entera.

(7) Su comunión significa difundir el amor y la caridad de Cristo sobre el mundo el cual solo puede vivir por Cristo. La Eucaristía es el foco de toda la humanidad que se pone en su corazón para enraizarse en Su Amor…

(8) Es ciertamente en esta mentalidad como los jesuitas instauraron en su Iglesia de la calle de Sèvres « la Misa que toma su tiempo », y que yo llamé « la Misa larga ».

(9) Periódico católico de Ginebra.

(10) Ser la Madre Iglesia significa ser para la Iglesia como esa santa mujer, esa santa madre para su hijo. Se trata de ser, por toda nuestra vida, por nuestra manera de amar tanto universalmente como en particular, lo que fue esa mamá para su hijo, el sagrario de Dios.

Otra nota: es bueno precisar que « Dios no está presente en todas partes »: puesto que es puro interior, solo puede estar presente donde hay interioridad, donde hay un interior, o bien donde hay una orientación hacia el interior (¡y ese es el caso de la creación entera!)
De hecho, toda la historia de la evolución tiende hacia la posible aparición de criaturas con interioridad, como el hombre creado a imagen y semejanza de nuestro Dios. Aun la hostia consagrada sólo se convierte en huésped de la real presencia divina porque está destinada al interior del hombre, no tiene otro sentido.
Jesús no instituye la Eucaristía con otro fin que el de esa nueva habitación de Dios en el hombre, en y por la Encarnación divina. Sólo tiene sentido en relación con la interioridad del hombre que quiere profundizar sin cesar para la edificación y la realización plena del Cuerpo místico de Cristo llamado a hacer vivir en él todos los hombres, como miembros de Ese Cuerpo. Es verdad que la creación entera está marcada por el pecado original que afecta a todo hombre desde el primer instante de su existencia, pero desde ese primer instante, por la gracia de Cristo encarnado, el hombre está orientado hacia la conversión, quedando libre de hacerla efectiva, y normalmente la recepción del bautismo y de los sacramentos de iniciación cristiana consagran la conversión.